El muro invisible
No falla. Cuando más concentración necesito, en época de exámenes y trabajos y curro y querer quedar más con tus amigos, con mayor ferocidad me ataca la Ansiedad. Pero tampoco es casual, porque cuanto más eres tú mismo, cuanto menor es el miedo que tienes a expresarte con honestidad, mayores situaciones de conflicto vives y os digo desde ya que últimamente son, además, especialmente virulentas. No porque yo sea una persona que exprese su violencia de manera explícita, al contrario: he entrenado a lo largo de mi vida la asertividad; he encontrado cierto equilibro entre mi hipersensibilidad y mi extrema empatía en relación con mis intereses personales y la necesidad de intimidad y evolución personal; aprendes a amar, sin anularte pero sin reprimirte, a dejar pasar cuando es necesario; ves vídeos de estos emotivos sobre perseguir tus sueños, con musiquilla de La lista de Schindler de fondo, o sobre motivación, de Ted, todo súper bonito, sobre cómo dar importancia a lo importante (ajá); haces Tai-chi, terapia(s), lees a Ellis, a Fromm, meditas, tomas litros de tila, y de año en año, cuando tu cuerpo y tu mente corren riesgo de fuga, te empastillas y duermes hasta que el cerebro se cortocircuita y se da el milagro del reinicio (que no formateo).
Ya lo creo que lo he intentado. Durante veinte años he luchado, ante todo, contra mí mismo. O, para ser justos, contra el Yo que no quería ser, que me habían enseñado a ser, aunque no lo parezca. Porque sí, amiguetes y amiguetas, esa virtud que muchos/ as veis en mí de intentar siempre ser positivo, y animar a los demás, de expresar mi alegría y mis ganas de bailar, de aprender, de vivir y de abrazar, tienen su lado oscuro, que solo ocasionalmente he mostrado a personas muy concretas, en momentos de verdadera angustia. A destiempo, normalmente. O a tiempo, según se mire. Aprendí a reprimir mi forma de ser, a no dar opiniones ni profundizar demasiado en las reflexiones (hasta el punto de que, hoy en día, sigo pidiendo perdón a veces si considero que estoy hablando demasiado sobre un tema que me interese), a pensar que no voy a conseguir nunca nada, que no es para mí, que solo puedo aspirar a curros que no me satisfagan y a sobrevivir, de piso en piso de alquiler, mientras, a veces, me veo con fuerzas de estudiar algo. Aprendí a fustigarme por procrastinar, a pensar que TODO es culpa mía, con la consecuente fobia a la responsabilidad, a decidir, a tomar una decisión y llevarla hasta el final. Y todo eso, mientras pensaba que yo no valía para nada.
Pues bien, todo eso pasó. O mejor dicho, estoy en proceso de cambiarlo. De cambiarlo en su estructura, me refiero, no solo aparentemente. Veinte años después, estoy siendo otro, incluso volviendo a ser quien era, en lo que sí me gustaba. No digo que estos últimos veinte años no hayan servido para nada: he sentido mucho amor, y he sido masajista, y escribí mi primer libro, y acabé el ciclo medio de Árabe, y estudié un año de Chino, y viví durante dos años el sueño de sentirme estudiante de Universidad en Filosofía (y me sentí, por primera vez en mucho tiempo, feliz, realizado y valorado), y viví un par de meses en Londres, y visité Berlín. En fin, viví.
Pero por más que me haya propuesto esto y aquello, siempre había un muro impenetrable que me provocaba tal pánico, que la ansiedad se hacía insoportable, y me costó dos depresiones, una a los dieciocho y otra a los veintiocho. Los treinta y ocho se acercan, pero tranquilos, una tercera no va a ocurrir. Ya no lo permito. Y os voy a decir por qué. Porque ese muro tiene una cara y una voz y se supone que debería ser la persona que más me hubiera apoyado, esa persona que “lo da todo por ti”. Y cuando digo que he callado esa oscuridad me refiero especialmente a ESO y me refiero a que, cuando he tenido la consciencia de cuál era el origen y me he atrevido a, tímidamente, expresarlo, mucha gente (mucha, la mayoría, incluso personas que yo consideraba amigos), le restaban importancia o incluso me hacían sentir aún más culpable. “Pero si parece una persona normal”, “cómo no te va a querer, es tu padre”, “en todas las familias cuecen habas”, “te quiere a su manera”, “estás exagerando”, “es una persona muy trabajadora”. Y en el mejor de los casos, la simpatía. “Bueno, bueno, todo pasará. Tú céntrate en lo tuyo, lo pasado, pasado está”.
Y eso sin contar con la infinidad de veces en que, al dejar entrever la causa principal de una situación ante la que mucha gente se sorprendía (“¿Con lo listo que tú eres, y estás de teleoperador?”; “Ah, ¿fuiste al Colegio Alemán? ¿Y cómo es que no hiciste una carrera?”; “Joder, y teniendo idiomas y todo”), he tenido que soportar el peso del enjuiciamiento, ese que (salvando, por favor, las distancias, pero entiéndaseme) sufren algunas mujeres aún en la actualidad cuando expresan o denuncian una situación de maltrato. Porque mucha gente supone demasiadas cosas en lugar de escuchar DE VERDAD: suponen que los padres lo dan todo por los hijos, que un padre quiere a sus hijos de manera incondicional, y que va a ser generoso, y que va a querer para ti lo que él no pudo tener. Y de mí en particular suponían que yo no había querido estudiar, o que soy “un cabeza loca”, porque claro, me pintaba el pelo de verde y era un hippie rebelde, así que al parecer eso implica que yo solo quiera “vivir del cuento”; y me gustaba el teatro, y la música, y escribir poemas y relatos, y cantar, y presentar, y el doblaje, y los idiomas, y la Historia Antigua y dibujar cómics, y la Filosofía y la Psicología y la Literatura. Así que, obviamente, si no acababa nada era porque yo no tenía claras las cosas, porque no sabía “centrarme”, y todo lo demás eran excusas baratas.
Pero cuidado, que no les culpo. Porque durante veinte años yo, en la forma y luego en el fondo, consciente y subconsciente, he pensado así. Mi peor juez he sido yo mismo. Porque aprendí unas palabras y un concepto sobre mí mismo que caló más hondo de lo esperado, y lo hice mío, y convertí una voz externa en mi propio pensamiento. Así que, claro, cómo culpar a nadie de lo que yo mismo hacía. Aunque a veces echo de menos precisamente eso que se supone que hacen los amigos que mejor te conocen: recordarte quién eres de verdad. Sentir tu realidad, sentirte realizado. Porque cuándo estás tan dañado y tan roto, necesitas esa verdad todos los días. Necesitas que te digan constantemente que no es verdad, que tú vales para sacarte no una, sino tres carreras, para ser escritor, y músico, y cuatrilingüe, y lo que haga falta. Necesitas a alguien que te diga “lo vas a conseguir, con nada que te esfuerces”, “aunque tengas que currar, al volver a casa estudia, vence el desánimo, lucha por lo que quieres y por lo que eres”. Necesitas que te abracen más de lo normal, sí, es totalmente cierto. Necesitas sentirte seguro.
Porque durante demasiado tiempo, al entrar en tu casa (aunque ÉL te diga que es SUYA) el lugar donde se supone que vas a ser más querido, donde vas a sentirte arropado y donde vas a poder descansar, las piernas te tiemblan, se te acelera el pulso, parece que el corazón se te va a salir por la boca. Se te acumula la sangre en la cabeza, te tiemblan las manos sin poder evitarlo, tus músculos se ponen rígidos y aprietas los dientes. Y eso, día tras día tras día, año tras año, se convierte en migrañas, bruxismo, problemas digestivos y depresión. Se somatiza y se cronifica, ya te digo que sí. Pero para entonces ya es solo problema tuyo y los que no hicieron nada por evitar aquello, ahora te dicen “hay que relajarse, hombre. Tómate la vida de otra forma”.
Porque te esperas la bronca, por lo que sea. Esperas la furia. Porque en la mesa, durante la comida, no se habla, ni se ríe, ni se opina. A menos que seas ÉL, claro. “Callaros, coño, que no oigo la tele”. No repliques, no hables, reprime. Pero oye, y lo que le gusta hablar de lo mala que fue la dictadura, y lo bonitos que son los cassettes de Victor Manuel y Ana Belén.
Porque no podía ser inteligente. O, al menos, no más inteligente que ÉL. Porque siempre tiene razón, y lo sabe todo, y “tú no sabes nada”, “eres un ignorante” y “un inútil”. Y simplemente eres un niño más listo, que no entiende por qué tu padre se enfada por querer compartir lo que sabes con él. Y en clase te sientes feliz, porque estás en el periódico de la escuela, y en teatro, y escribes, y tocas la guitarra (y el piano no porque “no hay dinero”...excepto para una moto, para una moto sí hay), pero es curioso, porque al llegar a casa, de repente, eres “vago”. ¿Se puede llamar vaga a una persona que puede estar escribiendo durante seis horas seguidas sin apenas ir al baño? Sí. Y no solo vago, eres egoísta, por pedir ropa, o libros, o llamar por teléfono, o querer ir un fin de semana al cine. No de marca, ni nada caro. Lo normal para no ir con unas zapatillas rotas. Y luego asomarte a su armario y verlo todo lleno de camisas, calzado bueno, buenas chaquetas. Pero eres un niño, qué vas a saber. “Cuando seas padre, comerás carne”. Eso es así, es lo normal. ¿O no?
Tú no te das cuenta, pero lo vas aprendiendo. Poco a poco, bronca a bronca, pánico a pánico. Porque pedirle algo nos creaba, a mi hermano y a mí, tal ansiedad, que hasta hablábamos en secreto a quién le tocaba ir a hablar con él. Porque la respuesta por defecto era no, con la consecuente retahíla de acusaciones de vaguería. Acusaciones que normalmente se hacían desde el sofá, comiendo quicos, viendo la tele. Con los consecuentes gritos y amenazas, venas hinchadas y aceleración del pulso. Porque para comprar un libro en la excursión del colegio a la Feria del Libro no había dinero, pero para alquilar dos películas de Charles Bronson y dos pizzas familares esa misma noche, a modo de “compensación”, para eso sí. Y se lo tenías que agradecer.
Porque ves a otros niños que rompen, gritan, patalean, fuman, se pelan clases, suspenden, piden motos cuando crecen y ropa de marca. Y tú ya aprietas los dientes cuando te bebes una coca-cola “que no te toca”, o cuando juegas con tu hermano mientras él ve la tele porque “molestas”; o cuando ÉL, mando de la tele aferrado, decide que todo el mundo se tiene que acostar porque sí. Y tú hacescomoqué, pero te quedas con la tele al mínimo, aguzando el oído, porque es Sábado y no puedes salir pero hacen buen cine en la tele. Y entonces resopla desde la cama, y se levanta, y se queda en el umbral, en la oscuridad, mirándote, casi con odio, y tú contienes la respiración mirando a la pantalla como si no fuera contigo, y él te dice aquello de “te estás pasando”, “al final la vamos a tener”. Y sabes que, si se empeña, efectivamente la tendrás.
Porque todo eso suena incluso normal. Quién no ha conocido la zapatilla o las discusiones generacionales. Pero no, no se trata “solo” de eso. Se trata de no recordar ningún momento en que tu padre hablara contigo. Sí, nos amenazaba (a mi madre y a mi hermano también, obviamente: todos éramos el enemigo) y nos gritaba y nos despreciaba, pero nunca a los ojos, nunca de frente, siempre al aire. Siempre con sarcasmo, siempre a gritos, pero solo él. Porque misteriosamente cuando le contradecías, entonces había que bajar la voz, porque todo el mundo sabe que los vecinos hacen esa distinción. Todo el mundo debe saber lo que ÉL opina sobre ti, sobre lo vago e irresponsable y egoísta que eres. Pero no se te ocurra hablar sobre lo que ÉL hace. Porque es mentira, porque es secreto, o porque estás loco.
No se trata solo de eso. Se trata de desear muchas veces que te pegue y te deje marca visible. De tener algo que la gente se crea, que no te digan simplemente un “es tu padre, hombre. Te quiere a su manera”. Algo que no te haga sentirte terriblemente solo. Porque lo peor es eso. Y no mejora. Porque mientras eres un muñeco, mientras no opinas, ni hablas casi, ni ríes, ni lloras, y te encierras en tu cuarto jugando a esa consola que a ÉL tan bien le viene, pero que luego tanto critica, todo va bien. Relativamente. Pero cuando llegas a la adolescencia y empiezas a cobrar vida y a replicar y a pensar por ti mismo (aunque ya lo hacías desde que tienes uso de razón) y a decir “no”, todo va a peor, a mucho peor. Y es entonces cuando empieza, y lo digo en mayúsculas, por primera vez, creo, en público, el verdadero MALTRATO.
No voy a entrar en detalles de cómo funciona. Yo mismo he intentado irlo descifrando, con el tiempo, la experiencia y las lecturas, y no pocos momentos de locura. Pero, para que os hagáis una idea, un ejemplo. Desde niño mostré, además de talento para el lenguaje, la imitación y la escritura, un talento especial para la música. Desde muy pequeñito me paraba a señalar guitarras, pianos. Tenía una vecina, una mujer mayor, con un piano en casa, y mi madre dice que cuando subíamos a verla yo corría al piano y le costaba la vida arrancarme de allí. Tuve varios teclados, desde el más pequeño que suena a cascajo del mercadito hasta el pequeño Casio de cassette. Por fin dan una extraescolar de guitarra en el colegio y la profesora se queda flipada porque, siendo la primera vez que cojo una guitarra, saco de oido varias canciones en tan solo unos minutos. Ella, cuando acaba la clase, decide que me va a llevar a casa para hablar con mis padres. Todo esto lo recuerdo como un sueño, como si no hubiera ocurrido, pero ocurrió. Recuerdo a mi madre hablando con ella. Y también recuerdo una discusión de ella con mi padre esa noche. Y que yo nunca más volví a clase de guitarra y que me apuntaron a Judo, y más adelante a Karate.
Hasta ahí la historia se puede parecer a muchas. Ballet en vez de Kendo, lo típico. A eso uno sobrevive. Pero entonces es cuando yo pido una guitarra. Me empeño y me empeño y mi abuelo me da su guitarra, porque él también era, además de pastor, poeta y músico. Me la da, y yo toco, día y noche (con quejas de fondo, pero las ignoro) y toco y toco hasta que la guitarra no da más de sí. Acabó en la basura, pero como no recuerdo por qué o qué pasó, no voy a acusar a nadie. Pero sí recuerdo pedir otra, una en concreto. No era cara, pero yo estaba enamorado, amor a primera vista. Recuerdo el color, el tacto. La deseaba. Pues no: al final no fue esa. Cogió mi padre un día, fue a una fábrica de guitarras que vendían más baratas con defecto y un día la trajo a casa. Se lo agradecí, con cierta desilusión, claro. Pero oye, era una guitarra. Más adelante me enteré de que me compró esa, seguramente la más barata, porque ÉL ya pensaba eso de que yo empezaba cosas y no las acababa. Algo que no era cierto: era ÉL el que, de pequeño, era un caprichoso (según años más tarde fui descubriendo de otros miembros de su familia) y nunca quiso estudiar y, en pocas palabras, estaba más bien mimado. Pero fue ahí, cuando compró esa guitarra, cuando empezó a construirse ese mito personal, a saber: que yo era caprichoso, que empezaba cosas pero enseguida lo dejaba. Una forma como otra cualquiera de justificar su propio egoísmo y de que, me pusiera como me pusiera, se hacía lo que ÉL dijera, porque “era su casa”. Aquí se hace lo que yo diga, ya sabéis.
Una clavija y una cuerda de la guitarra se me rompieron al poco tiempo, semanas. Fuera porque yo la tocaba día y noche (con toda la vagancia y desinterés de la que era capaz), fuera porque era de la peor calidad, el caso es que quedó inservible. Y, como tengo que recordar, pedirle algo a ÉL suponía una larga meditación y medir que estuviera del humor adecuado, aunque eso era más bien impredecible. Asi que durante unos días, dejé de tocarla. Y entonces, muy oportunamente, apareció ÉL, por sorpresa, las primeras palabras que me dirigió probablemente en mucho tiempo: (Mirando a la guitarra apoyada en la pared) “¿Y para eso querías una guitarra?”.
Sé que es una anécdota larga. Pero sirve perfectamente para ilustrar su manera de pensar y de actuar. Primero te niega algo. He de aclarar que siempre eran peticiones razonables. Yo era cabezón, sí, pero no me salía con la mía. Te enfadas. Entonces te lo da, pero a su manera o, si es material, lo más barato posible. “Porque con eso te apañas”, “Para lo que te va a durar”, etc. Y cuando ya lo has explotado al máximo y no da más de sí, entonces lo dejas, y piensas “joder, si es que tiene razón, no acabo nada” o bien “soy un inútil” y llega ÉL y te lo recuerda, por si no te basta con que te lo haya hecho pensar.
O se te ocurre compartir con ÉL algo que quieres hacer. Él te hace saber que con eso no vas a conseguir nada, que es perder el tiempo. Que lo que tienes que hacer es ir pensando en buscar “un trabajillo para tus gastos”. Que nunca vas a ser tan listo como ÉL, ni a tener lo que ÉL tiene, que siempre vas a depender de ÉL. A pesar de que ÉL mismo no tiene apenas nada, y no me refiero solo a un trabajo normal o un sueldo normal, me refiero a que está vacío, que no desea nada que no sea material. Por eso siempre envidia a los demás, lo que tienen y lo que hacen. Le come por dentro. En todo caso: consigue que tú mismo te desanimes y pienses que es verdad, que no lo vas a conseguir, que las cosas “son como son”. Lo dejas. ÉL está ahí para decirte “te lo dije”. Con cara de triunfo. Disfrutando del poder que tiene sobre ti. Si te ve alegre, hará lo posible por recordarte que la vida es una mierda y que soñar o desear algo es de “vividores”, que hay que aceptar las cosas como son. Y cuando ya te tiene ahí, en el pozo, de repente él está feliz, y hasta gracioso, con su imitación de Cantinflas. Cuando estás en su nivel de antipatía, de desidia y de vacuidad, entonces ÉL se crece y respira tranquilo. No sé a vosotros, pero a mí, independientemente de que sea mi historia personal, que alguien le haga eso a unos niños con tanto potencial, sensibles e inteligentes, creativos, con un gran futuro por delante, me parece deleznable. Imperdonable.
Cuando, como decía antes, pasé de ser un simple muñeco a rebelarme, empecé a ser yo mismo. Y eso no le gustó, no le gustó nada de nada. Y como decía, empezó el MALTRATO de verdad, el que condicionó veinte años de mi vida. Porque, por un lado, es cierto que yo tenía una vida fuera de casa. De hecho, mi vida era lo que estaba fuera. Dentro estaba encerrado en otra realidad. En el Colegio hacía veinte mil cosas a la vez, sin “estresarme”, sin “dejarlo”, sin asomo alguno de que yo me cansara de nada. Pero al llegar a casa era vago, irresponsable, egoísta. Al parecer, el peor hijo que uno pueda desear. Si es que Él deseaba hijos, que ya sé que tampoco. Pero cuanto más mundo veía, cuanto más hablaba con la gente, cuanto más era yo mismo fuera, más me daba cuenta de lo reprimido que estaba dentro. Empecé a darme cuenta de que el trato que me dispensaba mi propio padre no era normal. Que no era normal que me gritara por cualquier tontería, ni que no pudiera hablar ni opinar de nada, a riesgo de bronca. No era normal mi miedo, ni comer mirando la tele en silencio o con la cabeza gacha mirando a la mesa, ni pensar continuamente que todo era mi culpa: que mi padre tuviera que trabajar, que mi madre sufriera, que ÉL sufriera. Que cuando empecé a salir “esto es un hotel” (un clásico), pero si me quedaba “no nos dejáis intimidad a tu madre y a mí”. Si te ponías a estudiar en la mesa “quita esos cacharros que tu madre va a hacer la comida”, y si te encerrabas en la habitación “no cierres la puerta que no me gusta”. Y por cojones tenías que intentar estudiar con la tele a veinte metros a toda mecha.
Pero no, no es solo eso de lo que hablo. Hablo de que un padre no te dirija la palabra hasta que no empiezas a tener (según ÉL) vida propia, excepto para decirte todo lo que haces mal, que al parecer es mucho. Hablo de que todos los profesores le digan que sus hijos tienen muchos talentos, y de que incluso cojan a uno por selección en el Colegio Alemán, pero le sude completamente su educación. Y que tampoco deje a su mujer que decida sobre ello, porque al final todo cuesta dinero y sobre eso, por supuesto, elige ÉL. Hablo de que tenga unos hijos cariñosos, tranquilos, inteligentes, maduros, y sin embargo les suponga vagos, tontos (una de sus frases favoritas, cuando le decías que estaba equivocado, era “¿tú que eres, psicólogo/ filósofo?”, o bien “tú no sabes nada”, o bien “escritor vas a ser tú, sí”) y egoístas.
Hablo de que, al acabar el Colegio Alemán, se acabó todo apoyo, motivación y realidad. Para mí, se acabó el mundo. Mi padre ni siquiera supo (ni sabe, a día de hoy) que me matriculé en Filología Hispánica, ni estuvo ahí cuando caí en una depresión (según ÉL mismo relata, yo les dije que iba a tomarme “un año sabático”. Que tal vez lo dijera, pero para que os hagáis una idea de la nula comunicación). Tampoco le importó: para ÉL, de repente, yo existía y tan solo para molestarle a ÉL y “hacer gasto” (gasta, luego existe). Así que empezó la cantinela diaria de “no haces nada”, “búscate un trabajo”, “esto no puede seguir así”, “a ver si vas volando del nido”. Hablamos de mí, dieciocho años, recién acabado el instituto.
Para ÉL, que iba a verme actuar al teatro casi obligado, no había diferencia entre el antes y el despúes. Para ÉL, no era extraño que yo pasara de estar todo el día leyendo, escribiendo, en teatro, en el periódico, a simplemente mirar al techo y vegetar. ÉL solo conocía de mí lo que veía en casa, y ese Yo era justo el que ÉL había construido, a su imagen y semejanza. Una persona constantemente deprimida. Un puto desastre, vamos.
¿Que por qué os cuento todo esto? Porque durante veinte años mi vida fue una huida hacia ninguna parte y porque a veces tengo la sensación de que he luchado en vano, dedicando mis energías a algo que en realidad no quería. Porque yo quería irme de casa, sí, pero no porque a mí me apeteciera o porque yo fuera “un rebelde”, sino porque dentro el aire era irrespirable, y llegó un punto en que yo prefería estar debajo de un puente. De hecho, por aquella época, dormí en muchos sitios que no eran mi casa. Y forjé mi voluntad y pude comparar unas vidas y otras, unas personas y otras y eso, seguramente, me salvó la vida.
Os cuento esto porque estoy harto. Porque, cuando yo salí de aquella depresión (y me costó mucho hacerlo y prácticamente a solas), tomé las riendas de mi vida. O quise hacerlo. Y me matriculé en Psicología, y oye, me iba súper bien (y con muy buenas notas, aunque me sorprendiera). Pero entonces, al volver a casa, todo seguía igual. Y aunque hubiera pasado la mañana en la universidad, o la tarde estudiando, al llegar a casa siempre oía la misma cantinela sobre encontrar un trabajillo y volar del nido. Lo que mi padre hizo, lo que para ÉL es lo normal. Para ÉL, eso de estudiar ni existía. Jamás me preguntó. Y yo me puse, obviamente, a trabajar, sobre todo para no oírle y para poder hacer lo que quería sin tener que pedirle nada nunca más. Y los trabajos, de todo tipo, eran la mayoría del tipo “ven mañana a la ETT que te recogerán para hacer unas horas nosédonde”. Eso implicaba perder clases, y estudio, y ganas, y motivación. E implicaba que, cuando al final dejé de ir, porque no tenía ni dinero para bonobuses o fotocopias, apareciera, como siempre, ÉL, para decir, un año después de haberme matriculado, algo parecido a “¿pero tú no ibas a la universidad?”.
Tras aquello, decidí hacer un módulo de FP, algo de lo que ni siquiera en el Colegio te hablaban, porque se entendía que todo el mundo haría estudios superiores. Pero yo necesitaba salir de aquella casa en la que día sí, día también, yo me sentía deprimido, rechazado e infravalorado. Y no era el único, porque mi madre y mi hermano también pasaban lo suyo; la cosa no iba solo conmigo. Pero esas son otras dos historias personales que ahora no voy a contar, porque además ellos dos, por aquel entonces, no eran del todo conscientes de lo que sufrían o de dónde estaba realmente el problema, por más que yo discutiera o dijera. Como he dicho, había mucho miedo. No es broma.
Y fui, durante medio año a esa FP de Educación Infantil, y saqué todo dieces en aquella evaluación, sin estudiar ni hacer esfuerzos. El único esfuerzo que hacía era el de mantener las ganas, a base de Trankimazin, para controlar la ansiedad y sus consecuencias físicas, inevitables mientras viviera en ese lugar. Hasta que viví un par de situaciones de verdadera violencia. Sí, de esas de querer llamar a la policía (y pensar “estás loco, es tu padre tío”), de salir de casa llorando, de pensar “a dónde coño voy”, de total desamparo. Y todo por estar ahí cuando a ÉL se le cruzaban los cables y había tenido un mal día, o cuando alguien en el mundo exterior, donde no es el Rey, le había recordado lo profundamente ignorante o simple que es, y como cobarde que es, en lugar de contestar a esa persona, lo soltaba en casa. Repentinamente, de forma violenta. Y sin tocarte ni un solo pelo, era capaz de hacerte sentir como si te hubieran pegado una paliza y te hubieran tirado al río.
Y mientras tanto, mis compañeros del Colegio estaban en sus Erasmus, o en sus carreras, haciendo lo que yo deseaba más que nada en el mundo, que era dedicarme a aprender. ¿Sabéis esa peli, Bailar en la oscuridad, en la que Selma se imagina bailando mientras aprieta tuercas en una fábrica? Así me veía yo muchas veces, pensando en tocar el piano, en aprender jeroglíficos egipcios, en leerme una enciclopedia entera de Antropología, mientras cargaba sacos en el puerto o pasaba doce horas montando mesas y sillas para un gran banquete. Y cuando llegaba a casa, y se me ocurría decir algo sobre mis trabajos, no faltaba el menosprecio de siempre. Nunca se me olvidará el día que llegué a casa después de haber trabajado casi quince horas seguidas, de noche. Llegué a la hora de desayunar. No sé qué comentario se me ocurrió soltar, en voz baja. “¿Eso? Eso no es trabajar.” - dijo, sin mirarme siquiera.
Sí, me fui de casa. Sí, dejé la FP. Sí, cogí una maleta y lo ahorrado, tiré a la basura la última caja de Trankimazin después de más de un año, y me piré. Y no, no me fui “de aventuras” ni a estudiar, aunque fue mi excusa. Se daba por hecho que mi padre no tenía nada que ver, que es que yo era así: ahora quería una cosa, luego otra. ÉL nunca se daba por aludido. Ni yo tenía la valentía de enfrentarme a ÉL más: era preferible, para mí, el silencio que tener razón.
Irme a Córdoba (aunque podría haber sido cualquier otro lugar; de hecho, primero pensé en Granada, por una especie de pensamiento mágico que no viene a cuento) fue seguramente la mejor decisión que tomé en mi vida. No encontré trabajo, pero me encontré a mí mismo, o me reencontré. Me di cuenta, dos años después, de que no solo podía valerme por mí mismo, sino que, visto desde fuera, yo había vivido un verdadero infierno. A todo esto, casi todos mis amigos seguían en sus carreras, y como mucho veían que yo estaba viviendo una aventura. Una amiga a la que perdí y un amigo que me perdió estuvieron muy presentes en aquella época y vinieron a despedirse, pero creo que nunca llegaron a saber, si acaso a vislumbrar, el verdadero motivo.
Como digo, volví a confiar en mí mismo. Aprendí que todo aquello que mi padre decía que yo jamás podría hacer bien, no solo me parecía fácil, sino que lo podía hacer mil veces mejor. Como si hervir una patata o cambiar una bombilla fuera algo que solo ÉL pudiera hacer porque los demás no valíamos para nada. Madre mía, qué ciego había vivido.
Mi padre, al que le ayudaron más que mucho cuando decidió irse de casa (ÉL, porque quiso, porque no quería estudiar, porque encontró un trabajo cómodo, porque quiso casarse), ni siquiera fue capaz de decirme “toma, dinero por si necesitas al principio”. Eso pasa en las películas. Sí que vino después, unos tres meses después, porque mi abuela y mi tía sí que me dieron dinero y me apoyaron. Por eso lo hizo, porque no podía ser menos. Porque “qué iban a pensar”. O tal vez porque mi abuela se lo dijo directamente, ya nunca lo sabré. Fue, sin embargo, la primera vez en mi vida que sentí algo que sentiría otras veces en los años siguientes. No tiene nombre, o yo no lo he encontrado: se trata de lo que sientes cuando recibes “ayuda” de la misma persona que ha provocado tu situación. Se trata de cómo te sientes cuando te hace falta, y alargas la mano, pero por otro lado estás pensando “pero hijo de puta, si estoy aquí porque llevas años echándome de TU casa”. No lo dices, claro. Porque te sigue temblando la mano al pensar en decir la verdad. Porque no fue hasta un tiempo después que dejé de tenerle miedo.
Volví. Creo que pasó casi un año, ya no lo recuerdo con exactitud. Y sabía a lo que me arriesgaba. Pero era tanto lo que había aprendido y era tanta la seguridad que tenía en mí mismo, que me veía capaz de todo. Iba a estudiar y a trabajar, iba a irme de casa pero en condiciones, con unos estudios y un trabajo que me gustara mínimamente. Vamos, a lo que aspira cualquiera. Pero, por supuesto, cometí el mismo error que cometería aún otras dos veces en el futuro: pensar que mi padre podría entender esa necesidad. Porque para él, haber vuelto de Córdoba era otra de esas cosas que “yo empezaba y no acababa”, aunque ÉL mismo lo hubiera provocado, aunque no fuera lo que yo originalmente quería. Para ÉL era un fracaso y como tal me lo tenía que recordar. Pero aún así, aguanté dos años. Dos años de discusiones, porque yo ya empezaba a verle como quien realmente es: un niño caprichoso, cobarde, incapaz de empatizar o de expresarse, o de demostrar cariño o en general cualquier sentimiento positivo. Excepto cuando estaba de buen humor, una vez al mes, que ahí teníamos que reírnos todos. Dos años, eso sí, de trabajar y estudiar a la vez. De meterme a estudiar Quiromasaje (por aquel entonces, yo ya había asumido que iba a ser incapaz de estudiar una carrera, porque no podía dedicarle todo el tiempo, ni me veía “preparado”. Todo falta de autoestima de mierda, pero ya estaba muy interiorizada), de seguir estudiando idiomas, de hacer planes. De intentarlo, porque mientras tanto, los problemas de mi padre con mi hermano iban en aumento, porque conmigo ya sabía que no podía discutir (un día, en una discusión, se lo dije claro y mirándole a los ojos, algo muy, muy raro: “No te tengo miedo”). Yo solo hablaba con él para discutir, pero pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa (algo que, para variar, tampoco le hacía gracia, porque había que comer cuando ÉL comía y acostarse cuando ÉL se acostaba), así que no necesitaba tanto su aprobación. Pero mi hermano no había tenido, por su carácter, tanto contacto con otros modelos, o tantos referentes, o tantos amigos. Y se cebó con él.
Cabe aclarar que mi hermano también era súper dotado de pequeño, en general pero especialmente con las artes plásticas. A poca gente he conocido en mi vida con su talento. Pero como decía, la de mi hermano es una historia también muy larga y no es momento ahora de detallarla. Para lo que nos ocupa, baste decir que los gritos, los arranques de violencia verbal y las amenazas de echarnos de casa por parte de mi padre fueron casi diarias. Yo, por mucho que intentara ignorarlo, hacía lo posible por animar a mi hermano a trazar un plan y largarse de allí, pero estaba muy atrapado y no era capaz de ver más allá, de ver opciones. Sólo trabajaba, fumaba, jugaba, se evadía. Y así, más o menos, sigue hoy en día. Un genio dormido. Yo sufría mucho por ÉL también, porque le quería y porque deseaba tener ese poder de Powder de transmitir lo que siente y lo que piensa a otra persona solo con tocarla para decirle: “¡Tío, espabila! ¡Sal de aquí!”. Gracias a que nos tuvimos el uno al otro sobrevivimos de pequeños, pero ahora era diferente. No era suficiente con jugar juntos.
Mi padre se obsesionó con que no nos quería ya en su casa. Yo tenía 21 años. Tanto mi hermano como yo trabajábamos. Pero todo le molestaba. Que estuviéramos en casa o que saliéramos, que habláramos mientras él (ya, por fin, con minúsculas) veía la tele o que nos metiéramos a jugar a la consola en el cuarto. Mi hermano también le había echado en cara muchas cosas, sobre todo lo de estudiar, o un mínimo de cariño o apoyo. Pero jamás lo reconoció, al contrario: empezó a crear otro mito, a saber, que todos estábamos locos, que éramos malos, que él sólo quería vivir tranquilo. Nosotros éramos los culpables de todos sus males. Pero no os podéis ni imaginar, de verdad, el miedo que daba cuando le decías algo que se negaba a aceptar, como que no nos había querido nunca: se cogía la cabeza, todo rojo, y empezaba a gritar “ayyyyyy, ayyyyyy”. Terrorífico, de verdad. Es medio cómico, lo sé. Pero yo lo vivía con estupefacción y con miedo, no a que me agrediera físicamente, sino de estar volviéndome loco yo.
Todo estaba subvertido: convenció a mi madre (cuya historia es, quizá, la más dura) de que nosotros éramos un problema para ellos, que si no eran felices era por nosotros. Lo más curioso es que, a día de hoy, aún me pregunto qué es lo que hice mal, en qué me porté mal, en qué le causaba yo problemas. La respuesta: en nada. Pero durante esos dos años estuvo gestando una especie de alianza entre ellos dos contra mi hermano y contra mí, como dos bloques inseparables. Seguramente mi padre ya pensaba, incluso al nacer nosotros, que le habíamos jodido la vida. Lo digo así de duro, pero ES así de duro. Siempre digo que mi padre hubiera sido más feliz si se hubiera hecho la vasectomía antes y no después de tenernos, si se hubiera ido con su moto a viajar por España y retirarse a una cabaña en el bosque con televisión por cable y la colección completa de Harry el Sucio. Le encantan los tipos duros. Tal vez sufrió bullying de pequeño porque le llamaban tonto. No lo sé, pero tampoco me importa: muchos sufrimos acoso y no nos volvemos así de gilipollas. Así que...ve tú y pregúntale, si tienes pelotas.
Y en medio de los gritos y las amenazas (“un día nos vamos y os dejamos aquí” o “a ver si os vais de una vez, que tu madre y yo no tenemos intimidad”. Y sí, al parecer también teníamos la culpa de que no se le levante. En fin.) yo conseguí, por primera vez, que me cogieran en una empresa de call center que me iba a poder permitir trabajar a media jornada y por lo tanto ahorrar, pero también estudiar. Hasta entonces había tenido todo tipo de trabajos, principalmente por ETT, o contratos temporales, incluído el típico paso por McDonalds. Para mí eso suponía mucho, porque podía volver a la Universidad, que tenía esa espinita clavada, y ahorrar para pagar esa matrícula. A todo esto, cuando salía el tema, como digo, mi padre perdía los papeles y además te decía que eras tú el que estaba loco y su versión resumida de la historia era que nosotros no habíamos querido hacer nada, que yo me tomé un año sabático (saltándose de repente dieciocho años de vida y sin una sola mención a la depresión o la ansiedad), que nos pasábamos el día jugando a la consola (lo cual, dentro de casa, era cierto: o jugábamos a la consola mi hermano y yo juntos, por estar juntos sobre todo, o leíamos, o dibujábamos, o veíamos una película cuando la tele estaba libre, que era nunca. Porque la alternativa era estar en el sofá, mirando al vacío, o a lo que él le interesaba, que es lo mismo, sin poder hablar, comiendo. Pero es curioso, porque él siempre se quejaba de que pasaba muchas horas trabajando y que nosotros eso no lo veíamos. Pero él no tenía el más mínimo interés en saber lo que hacíamos nosotros fuera de casa. Concretamente, en mi caso, ir a clase sobre todo y luchar por algo.) Según él, no hacíamos más que gastar (es cierto que tanto mi hermano como yo tenemos cierta fobia a la oscuridad y a veces dejábamos la luz encendida. Sospecho que tenga relación con el propio miedo e inseguridad que sentíamos dentro de casa. Pero, una vez más, ve tú y dile eso), cuando lo cierto es que, como trabajábamos, no podíamos pedirle ya nada. Para él, desde siempre, “tus gastos” era todo: los estudios, la ropa, salir, libros, viajes. Todo me lo pagué yo. Tras el “fracaso” de Córdoba, más aún. Me pagué los cursos de masaje, bastante caros, con mi trabajo. Las matrículas de universidad. No tuve carnet de conducir hasta ya los veintiseis o así. Y aún así, para ÉL nunca era suficiente.
ÉL quería echarnos. Desde siempre. Más de una vez pensé en calcular cuánto se había ahorrado en pañales y en potitos, ir un día y soltarle el fajo de billetes “toma, lo que te debo”. Dalí fue aún más radical, aunque parece que realmente lo hizo. Tal vez eran celos, seguramente. O su trauma de que le hagan sentir tonto, que no casa muy bien con dos niños inteligentes. Como he dicho varias veces, necesita sentirse superior, no mejorando él y superando su sentimiento de inferioridad, sino aplastando a los demás. Es una forma mucho más sencilla y directa de sentir que estás al mismo nivel que los demás. Y también más rastrera. O sencillamente, como supongo, no le gustan nada los niños, al contrario que a mi madre. Lo curioso es que luego con los niños de los demás era no solo amable, sino incluso un “encanto”. Ese es otro de sentimientos a los que aún no he conseguido ponerle nombre y que requieren de un poema entero: cuando tu padre ha ignorado siempre tus deseos y necesidades y no te ha hecho ni puñetero caso, pero luego juega con los otros niños y es gracioso y dice palabras como “cariño”.
El Síndrome del Castillo de Arena, lo llamo. Niño Uno intenta hacer castillo de arena, Niño Dos al lado hace uno mucho mejor, Niño Uno se cabrea y siente que el Niño Dos, que solo está disfrutando con su castillo, se está riendo de él. Niño Uno se siente ofendido. Niño Uno salta sobre Castillo Dos: empate. Niño Dos llora e intenta construirlo de nuevo, pero siente la mirada de Niño Uno sobre él, como diciendo “da igual lo que construyas, lo voy a destruir”. Niño Dos duda y construye un castillo a mitad. Un día deja de hacer castillos. Niño Uno le saluda, de buen humor: “Si no quieres hacer castillos es porque no quieres. Mira el mío que bonito”.
Mis padres decidieron comprar un terreno y una casa, porque siempre lo habían querido (por la forma de ser de mi padre, entenderéis que cuanto más se aisle en su burbuja, sin vecinos, mejor). Y le salió redondo a mi padre, porque así no tuvo que echarnos. Se ahorraba el qué dirán (que le importa y mucho), se ahorraba que la familia (o la policía) hiciera preguntas, se ahorraba todo. Era el primer mes que yo iba a cobrar del trabajo que comentaba, y empezaba a hacer planes para ahorrar y matricularme. Pero él tomó una decisión, como siempre, que nos afectaba a nosotros sin tenernos en cuenta en absoluto. Y le dio absolutamente igual. El día que nos lo comunicaron me puse a llorar de rabia e impotencia y él se rió. Como suena, se rió de mí. Como dando a entender que yo estaba haciendo teatro. Ese es mi padre.
Mientras construían la casa (por cierto, en otro pueblo, no en Valencia capital, para aclarar dudas) irían a un piso súper pequeño de un familiar, en el que apenas cabían ellos. Más claro agua. Así que cogí a mi hermano, le dije que si se venía conmigo a un piso (gran error que cometí) y tuve que improvisar, en muy poco tiempo. Pasé un año infernal con mi hermano. Solo diré que él estaba totalmente metido en sí mismo, siendo su mecanismo de defensa a la agresión el engancharse a cualquier cosa que esté a su alcance. Y convivir con una persona así, que nunca había vivido solo, que pensaba que la ropa se lavaba sola o la comida brotaba de la nevera, a la que además no le podías decir nada porque estallaba contra ti (¿os suena?), es duro. Es duro ver a tu hermano, que para ti es un genio del dibujo, pasar días y días sin apenas dormir ni comer, yendo a trabajar y al volver consumirse con tabaco, con café, jugando hasta que le lloran los ojos, horas y horas sin dormir, sin higiene personal. Que no limpie, ni sea capaz de ir a por una bombona de butano cuando se acaba en invierno. Y decirle que vuelva a dibujar, o que estudie algo, y que él te grite que no te metas en su puta vida. Pero gritos como si su cuerpo fuera a explotar de un momento a otro. Ese tipo de cosas, durante un año. A partir de ahí, la relación tan estrecha que teníamos se fue a la mierda e intenté varias veces acercarme a él, pero aprendió la misma manera de defenderse ante la más mínima crítica. Y a día de hoy sigue sin aceptar que tuvo problemas de agresividad, y yo mismo he presenciado cosas que no le deseo a nadie. A día de hoy, mi hermano vive con mis padres y yo, aunque intenté hablar con él muchas veces (llevándome de paso unos cuantos “tú de qué vas, de sabio”), no puedo hacer más, excepto confiar en que algún día se de cuenta de que él es el único que puede cambiar las cosas. Pero que no es nada, nada fácil.
Intenté, cuando mis padres acabaron la casa, un par de años después, por última vez, estudiar. Me tragué el poco orgullo y dignidad que me quedaban y hablé con mi padre. Le dije que me ofrecían un trabajo de fines de semana y que quería estudiar entre semana, pero que para eso yo tenía que irme allí. Para entonces, que quede claro, mi madre se había dado cuenta de todo lo que había ocurrido, de que en el fondo mi padre se había deshecho de nosotros, y había despertado. Se puso las pilas y luchó mucho por nosotros, con no poco sentimiento de culpa porque para algunas cosas ya era tarde. Pero es gracias a que mi madre intermediaba e intentaba apaciguar los ánimos que muchas veces la cosa no fue a más. Algo que, por otro lado, quizá debería haber hecho de otro modo, porque quizá lo mejor que me pueda pasar sea no volver a hablar a mi padre nunca más. Las discusiones muy gordas siempre eran una catarsis, porque aunque fuera a voz en grito, siempre podías decir lo que pensabas en voz alta. Aunque él no te escuchara, aunque le diera igual y pensara que estabas loco. Pero lo decías. Con él es o eso, o el silencio y la ansiedad. Difícil elección, ¿verdad?
Pasaron dos años así. Yo estudiando Filosofía en la Universidad, sintiéndome feliz y realizado. Evitando todo lo posible a mi padre como fuente de negatividad, algo que en la casa nueva era más fácil, por ser dos plantas. Intentando construir una relación de mínimos, a pesar de haber mucho que necesitaba decirle. Porque para él, yo estaba allí porque él me hacía un favor. Me estaba acogiendo. Tal y como él lo veía, yo estaba yendo a él a decirle “papá, ahora voy a hacer las cosas bien, déjame volver”. Y además yo ya tenía mi trabajo y no tenía que pedirle dinero, algo que para él es fundamental. Esa y no decirle nunca que se equivoca son las dos grandes claves para llevarse bien con él. Apasionante.
Pero mientras tanto mi hermano vivía solo en un piso, trabajando en una gasolinera. Dedicándose a jugar en su tiempo libre. Nada más. Y lo pasó muy, muy mal. Yo he sentido también ese abandono y esa soledad y no son plato de buen gusto. Mi madre decidió, tras dos cambios de piso y varios sustos, que se quedaba más tranquila si se iba a vivir con nosotros, aunque eso creara una gran tensión, porque mi padre y él no convivían desde hacía años. Y efectivamente, cuando vino mi hermano a la casa, viví escenas que ojalá pudiera olvidar. Normalmente entre mi padre y mi hermano, pero también de mi hermano conmigo, que me echaba en cara “haberle abandonado”, de mi padre con mi madre y de todos con todos. Hasta que un día, llegando de clase, súper contento por un trabajo que había presentado, escuché gritos desde fuera de la casa. No voy a reproducir aquí lo que escuché, pero estuve fuera media hora llorando, apoyado en la pared, sin saber qué coño hacer. De repente, mi madre había pasado de ser una de las personas más cariñosas y empáticas que conozco a ser MALA (así, en mayúsculas, lo decía el tío), y todo porque ya no se ponía de su parte ni le daba la razón en lo referente a nosotros; mi hermano había pasado de ser súper dotado a ser sospechoso de deficiencia intelectual, y mi padre era una pobre víctima de todos nosotros, que estábamos locos, que no le dejábamos vivir. Y yo llorando a moco tendido, sin entender una puta mierda, ante las miradas (impasibles) de algunos vecinos, oyendo los gritos e importándoles poco más que nada. Y entré, le dije a mi padre (casi con estas palabras exactas): “ella será mala y nosotros unos inútiles, pero el peor fracaso de todos es el tuyo, que estás haciendo infeliz a tu propia familia”. No volví a hablarle en un año.
Obviamente me fui. Por tercera y última vez. Conseguí que en el trabajo me cambiarán a un turno de 30 h. enseguida y me fui de allí pitando. Tampoco le hablé a mi hermano durante un año, pero intenté varios acercamientos, aunque normalmente se reducían a que él me hablara de sus cosas (normalmente juegos) y yo tuviera que reprimirme de decirle muchas cosas, porque cuando lo intentaba se ponía hecho una furia, o se iba, o me decía que yo era “esto o aquello”. Nunca más lo he vuelto a intentar, y solo espero que despierte y le vaya lo mejor posible en la vida. Mi madre le puso mucho las pilas a mi padre, aunque no haya mucho que rascar y consiguió ser un poco más la mujer que realmente es: valiente, sociable, creativa y risueña. Cuando esos dos agujeros de energía la dejan, que no es siempre.
Voy a resumir el resto de la historia, si os parece (y estoy seguro de que sí, de que os parece muy bien, porque ya va siendo el momento de concluir). Unos doce años han pasado desde aquello. Se dice pronto. He tenido un par de trabajos de varios años, por suerte. Ser teleoperador no es ni mucho menos el mejor trabajo del mundo y me lo encontré por casualidad, pero pensándolo en frío, es gracias a eso que he podido sobrevivir. Y no, aunque lo intenté, nunca pude acabar esa carrera. Ni ningún estudio, en realidad. Como decía, he hecho cosas, sí. Algo he vivido. Volví a hablar con mi padre, claro. Pero nunca, jamás, aceptó esta historia. Se la intenté contar una vez completa, pero nunca más. No me vale la pena el disgusto.
Cambié varias veces de compañeros de piso. De trabajo. De ciudad, una vez, poco tiempo. De estudios, cuando tenía algo de ganas y dinero. Pasé por una segunda depresión, por otros motivos que no vienen a cuento, pero cuyo fondo es el mismo. Hice malabarismos todos estos años para encontrar cierto equilibrio entre tener tiempo y tener dinero. E intentaba mantenerme despierto, creativo, aunque no siempre era posible. Durante muchos años he necesitado únicamente una cosa: paz.
Soy consciente de que esto, además, afectó a mi manera de relacionarme con los demás. Puedo parecer sociable (y lo soy, realmente me siento feliz con gente alrededor), pero a veces los fantasmas vuelven, y la oscuridad, y me aíslo, y desaparezco sin decir una palabra. Y luego vuelvo con más energía que nunca, pero me paso media vida disculpándome, y la otra media excusándome. También hubo varias épocas en las que perdía mi capacidad para ser asertivo, porque cuando expresaba lo que pensaba o sentía tal cual, solía tener muchos problemas. Lo de siempre, vamos. Y me acostumbré varias veces a no hacerlo, lo cual para mí es peor aún, porque me quema por dentro. También intenté varias veces, a medida que me fui haciendo consciente de todo por lo que había pasado y por qué, contarlo. Pero, como decía al principio, normalmente suena a excusa o justificación de algún tipo, así que aprendí a no hacerlo. También me compensaba, porque mucha gente habla sin intentar sentir lo que siente el que tienen delante y, sinceramente, para ese tipo de opinión, ya soy yo lo suficientemente auto-crítico. No necesito a nadie que me recuerde que no he acabado ninguna carrera, o que he perdido el tiempo muchas veces intentando, como mi hermano, evadirme y no pensar y no luchar, y que no cambie nada. No necesito a alguien que tuvo la suerte de estudiar desde el principio y empezar a trabajar de lo que le gusta, por muchos problemas que tuviera también en su familia, dándome lecciones de qué es trabajar, de que es tener voluntad o ser constante. Y todo eso partiendo de la base de que sigan pensando, a estas alturas, por no querer escuchar la historia, o no tener el interés, o no querer verlo, que todo es una exageración, y que simplemente yo he tenido una vida “desordenada”. Al parecer, piensan que uno pasa de ser un niño hiper-sensible, extrovertido, creativo, con muchos intereses y que nunca se aburre, a ser un adulto sin motivación que prefiere trabajar en un McDonalds para poder comprarse la nueva consola que sale al mercado, por arte de magia y sin puntos intermedios. Y no.
Y ahora viene la explicación que realmente importa. El jugo de la cuestión. Por qué dedicarle una tarde entera a esto, cuando tengo tantos trabajos por hacer y tanto por estudiar. O en otras palabras: a qué viene. Pues bien. Como algunos de vosotros/as sabéis (no muchos) he pasado una época bastante jodida. Muy jodida. Tenía un trabajo (sí, también de teleoperador) y cuando había cierta estabilidad, como siempre, hicieron un ERE (ya voy por el segundo, yupi). El caso es que yo estaba ya muy quemado: muchos años haciéndome o sintiéndome tonto, y no, no me estoy refiriendo a que sea un trabajo para tontos. Es tan digno para ganarse el pan como cualquier otro. Me refiero a que, cada vez más, mientras trabajaba me quedaba mirando a la pantalla, en blanco, y perdía el hilo, y el cliente me llamaba “¿oiga?¿está ahí?”, y yo estaba pero no, y ya había vivido momentos duros teniendo que cambiar al piso en el que estoy ahora (que ahora cruzo los dedos para no perderlo), y pidiendo ayuda a una amiga para estar en su casa un tiempo, y con inseguridad total en el trabajo y últimamente, además, cuando veía a mi padre todo parecía NORMAL. Normal de educado, de incluso mirarme con cierto cariño. Normal de que, para él, yo estoy donde estoy porque lo he decidido así, que ya soy una persona adulta, y todo lo demás no existe. Y lo de las decisiones es cierto, siempre, en última instancia. Pero es una verdad a medias. Y que la misma persona que ha condicionado mi vida inestable se ofrezca a ayudarte económicamente, en el caso de mi padre, es perturbador. Porque no lo hace aceptando que se ha equivocado, para compensar: lo hace para dejar claro que él puede ayudarme a mí porque tiene un buen sueldo, porque a mí las cosas me han salido mal porque no he sabido hacer las cosas como él las hizo, o que no he trabajado lo suficiente. Y no es que yo me lo invente: todo eso son cosas que él, de forma aleatoria, inesperada y subrepticia, suelta de manera indirecta, o mediante comentarios al aire, o con sarcasmos, que te dejan totalmente anulado y sin capacidad de respuesta. Cuando piensas qué responderle, ya estás en casa. Y aunque le respondieras en el momento, él te miraría con cara de “estás loco”, o te diría que te lo hagas mirar, que no se puede estar mirando siempre al pasado. Mi padre ha aprendido, como los velocirraptors, de modo que ahora parece que jamás ha roto un plato en su vida. Se ha venido arriba totalmente: habla con la gente, llama “cariño” a la gata y la mima, y se pone cachondo contestando él solo a los concursos de la tele, dejando muy claro que es el que más sabe de todo su reducido universo. Realmente LO CREE.
Pero me he desviado mucho del tema. Decía que hicieron un ERE y yo decidí (algo que le dije a muy poca gente, para evitar opiniones) no pasar a la empresa que se quedaba el servicio. Necesitaba frenar, necesitaba pensar en cómo enfocar mi vida hacia algo que me permitiera vivir mejor sin empezar la casa por el tejado, como siempre. Porque la ansiedad y la impaciencia van cogidas de la mano, sintiendo que hay siempre una amenaza detrás, algo que te impedirá seguir haciendo lo que querías, algo que ocurrirá cuando más relajado estés. Es una de las secuelas indiscutibles del maltrato y de hacerte sentir que no vas a conseguir nada porque no vales nada. Y puede que racionalmente lo pienses (que vales algo, o incluso mucho), pero cuando llega el momento, el estómago se cierra, la respiración se detiene, te tiemblan las piernas, y SABES que lo vas a hacer mal, y que da igual que lo intentes, porque el resultado será ese. Muy poca gente sabe lo mucho que cuesta luchar contra eso y que hay ciertas cosas que te cuestan dos o tres veces más que a alguien que, en ese sentido, esté sano. Trabajar, y estudiar, y mantener tu cordura, y seguir teniendo ilusión, y ser capaz de amar, y de vivir, y de tomar decisiones o asumir responsabilidades sin cagarte vivo o echarte atrás. Porque yo me considero muy valiente, sí, pero porque he tenido que vencer muchos miedos. El miedo lo pasas igual, pero ante eso, ¿no será mejor enfrentarte a él y que tengas la posibilidad de vencerlo, que evitarlo y que se repita una y otra vez? Y tal vez sea valiente porque siempre, siempre, me ha aterrado más la idea de que las cosas se quedaran como estaban. No me gusta asentarme en el dolor, ni en la rutina, cuando es gris. Me aterra, el grís.
Así que he estado un tiempo descansando, y recapacitando, intentando tomar una decisión que pudiera ser correcta, que no implicara ser esclavo de un trabajo que odio otra vez, que me permitiera avanzar. Y ese tiempo de reflexión y de crisis, como es obvio, repercutió en mi situación económica, y es jodido verse en servicios sociales y demás porque ya no tienes ayudas. Y sí, era necesario, porque el año pasado por estas fechas, la sombra de una tercera depresión planeaba sobre mi cabeza y como dije antes, ya no lo voy a permitir. Y la adversidad y el grandísimo apoyo de mi madre y de algunos amigos me pusieron mucho las pilas, y los largos paseos, y los largos años de ir siempre a la deriva. Porque, de todo esto, lo más triste es que, al final, en realidad, acabé haciendo lo que ÉL quería que hiciera: trabajar (y tuve varios, muchos trabajos) e irme de casa (y tuve muchos pisos, demasiados). Porque dedicarme solo a estudiar nunca fue una opción para mí, y eso me generó mucha frustración, mucha tristeza, y perder gran parte de mi vida lamentando el tiempo perdido. Pero sí que podía haber aprovechado más el tiempo, haber luchado más por lo que quería...yo qué sé.
Lo cierto es que ahora ya no me importa. He encontrado un proyecto que me satisface, que es estudiar Integración Social a distancia, para poder trabajar en cualquier turno, y tuve la enorme suerte de encontrar un trabajo de findes que me permite pagar (apenas) alquiler y facturas, y también tiempo para estudiar y así poder cambiar las cosas. Todo no se puede, no en mi caso. Porque a veces, durante estos años, ha sido inevitable compararme con compañeros del colegio, y ver a dónde habían llegado, y envidiar que pudieran dedicarse a lo que realmente les apasiona. Pero es un error, aunque a veces te sirva de motivación, porque la única persona con la debes compararte es contigo mismo. Sólo tú mismo sabes tus limitaciones, tu tiempo, tu capacidad, tus ganas, tus recursos económicos, lo mucho o poco que has luchado por conseguir lo que a lo mejor para otro no es nada. Claro que envidio a la gente que viaja por todo el mundo, y a la gente que ha podido dedicarse a estudiar, incluso dos o tres carreras, y envidio y admiro a quien toca cualquier instrumento, y a quien ha publicado una novela, a quien canta, a quien baila, a quien hace unos vídeos buenísimos de Youtube y quién ha dibujado un cómic. Admiro y envidio todo eso, porque todo eso soy yo en potencia, y la sensación es siempre la de perseguirme a Mí mismo, en otra dimensión, siempre esperando alcanzarme. Es como vivir a destiempo, en negativo, quitándose lastres en vez de avanzar, dedicándole energía a algo en lo que ni siquiera crees. Y eso ya se acabó.
Hace una semana tuve una discusión relámpago con mi padre que es la que despertó, tal vez por última vez, este monstruo cada vez más débil. Una Blitzdiskussion. Como cuando voy a comer con mi familia me limito a estar y a hablar con mi madre y a veces con mi hermano, y a intentar estar lo más tranquilo posible, eso implica muchas veces callarme (sí, así funciona en muchas familias, lo sé) para no liarla. Porque escucho tantísimas tonterías de su boca, cada vez que intenta hacerse el listo hablando de política o de Historia o de cualquier cosa en realidad, que se me pone la carne de gallina. Y afortunadamente algo ha cambiado, y mi madre y mi hermano se ríen de él incluso, algo que él asume con cierto victimismo placentero, al parecer (ya me lo imagino con sus amigos jubilados “yo en mi casa no puedo abrir la boca, se ríen de mí”). Pero no está acostumbrado a que yo dé mi opinión ya, algo que sin duda es bueno para él, que sigue pensando que lo sabe todo. El caso es que se me ocurrió contradecir una opinión suya muy cuñadista (sobre un tema que no vale la pena ni mencionar, súper tonto) y fue tan violenta su reacción, tan repentina, como siempre, que hasta mi madre y mi hermano agacharon la mirada, como una reacción, como antaño. Como siempre, se puso todo rojo, con esa boca de amargamiento infinito que se le pone y me soltó: “Te estás pasando”.
Te estás pasando. Así, de repente. Como si yo tuviera aún diez años, o veinte. Como si creyera que eso va a acallar la verdad sobre él: que es un pobre niño-hombre, ignorante y prepotente a la vez (lo único que no soporto en una persona) , que nunca ha podido recibir una réplica o una crítica sin que entre en pánico y se le caiga el mundo encima. Que tampoco es capaz de entender que la persona y sus pensamientos son independientes, y que de hecho lo sano es cambiar de forma de pensar y de sentir a lo largo de la vida. “Ni se te ocurra volver a amenazarme”, le dije muy serio. Y mientras me iba a la cocina, roto de rabia y frustración, sintiendo, otra vez después de tanto tiempo, ese hervir de la sangre, ese temblar del cuerpo, escuché de lejos su voz, cobarde, temblorosa: “Será posible, el nene este...Que me ha tenido “enfilao” toda la puta vida...”. Para quien no lo entienda, lo que viene a decir es que yo le tengo manía. Eso lo dice un maltratador psicológico jubilado de sesenta años, sí. Que se siente víctima de alguien, de su propio hijo, porque le dice que está equivocado.
Por eso me estremezco cuando veo ciertas noticias sobre ultra-católicos o neo-nazis que denuncian a otros que se han “metido con su ideología”. O sin ir más lejos, los neo-machos a los que les preocupa la invasión de feminazis castradoras o del Imperio Gay, que te dicen aquello de “ni machista ni feminista, yo quiero la igualdad” o “¿y el día del orgullo heterosexual?”. Ante la idea de que todo vale, de que todo es respetable, existen personas como mi padre que se sienten muy cómodos. Cuando le he contado a veces cómo me sentía respecto a decisiones suyas sobre nosotros, una respuesta suya muy habitual (cuando no estaba hecho una furia) era: “Bueno, esa es tu opinión. No fue así”. Hablando de hechos, o de sentimientos. Es decir, niegan completamente tus emociones y te anulan, y reinventan hechos irrefutables pero que es imposible ya demostrar y les dan la vuelta para pasar de verdugos a víctimas y aunque aparentemente te están diciendo “te respeto”, en realidad lo que dicen es “di lo que quieras, yo sé que tengo razón”. Y ante eso no van a aceptar que les digas directamente que no la tienen.
En fin. Hay mucho, mucho que me he dejado en el tintero. La historia completa sobre mi madre, o sobre mi hermano, y lo mucho que me afectaba también que mis propios amigos me trataran de manera condescendiente, siendo que ni siquiera conocían a fondo la historia. O las bromas que he tenido que soportar cuando he dicho que quería hacer esto o aquello (“sí, como aquella vez que empezaste X”). Ni se imaginan cuánto me afectaba, ni lo mal que lo paso cuando, precisamente por esa falta de apoyo, dejo de hacerlo y me desanimo, y me siento doblemente mal porque, además, les tengo que dar la razón. La imagen que ellos tenían de mí y yo de mí mismo. La lucha incesante contra la falta de autoestima y que siempre haya alguien dispuesto a recordarte que la vida es una mierda, precisamente cuando has conseguido ver un poco de luz. Que muchas veces haya preferido callarme y no opinar por mantener algo de paz y que por eso mucha gente me haya tomado por idiota, sobre todo en ciertos trabajos. Que no necesito consejos, sino abrazos. No necesito “yatelodijes”, necesito que me escuchen. No necesito juicios y mucho menos prejuicios: necesito, como todos necesitamos, apoyo y comprensión si me lo pueden dar. Y si no, simplemente que me dejen vivir. Aun a día de hoy, por mal que me parezca una decisión, por aburrida o triste que me parezca una vida, por estúpida que me parezca una idea, por mediocre que me parezca un trabajo, jamás me vais a escuchar juzgar a alguien por ello. Porque nadie sabe la historia que hay detrás, o la lucha, o la ilusión y el esfuerzo que esa persona le pone. Porque cada cual es feliz como buenamente puede.
Pero no hay mal que por bien no venga, y aunque he pasado una semana de mierda con la ansiedad, sin poder hacer casi nada de lo que tenía que hacer (que es mucho), me ha enseñado, una vez más, una valiosa lección. Es curioso, además, que la aprenda ahora que estoy estudiando Integración Social, porque una de las asignaturas (y futuros empleos) es Mediación, y se habla de muchas cosas relacionadas que no habría forma de aplicar en mi caso. Porque hay personas que, por muchas veces que te des contra el muro, no van a cambiar. Por mucho que esperes una respuesta positiva, una señal, algo,...deciden que no tienen nada que cambiar y no lo hacen. Personas autoritarias os vais a encontrar en vuestra vida, y espero que no sean muchas. Negativas, tóxicas, anti-empáticas (antipáticas), llamadlo como queráis. Pero hay personas que son verdaderos Vampiros de energía, agujeros negros que sólo quieren llenar su vacío contigo, nutrirse de tu luz. Puede sonar esotérico, pero es totalmente así. Y os voy a dar un consejo de esos que me dan rabia: evitadlos. Huid. Me da igual si son vuestros padres, hermanos, parejas, hijos. Me da igual que pienses que van a cambiar, que “en el fondo” no son así. A mí me da igual que alguien me diga que me quiere muchísimo, si su forma de demostrarlo es pegándome una paliza. Me da igual que alguien me diga que me quiere a su manera, si todos sus actos van dirigidos a deshacerse de mí.
No me vale, no lo acepto, no lo quiero en mi vida.
Así que, queridos lectores, queridas lectoras, que habéis llegado hasta aquí sin saber muy bien por qué, y sobre todo estando tan saturados como estamos todos de malas noticias, de mensajes egocéntricos y de selfies de Instagram, por un lado, y de “no tengo tiempo de quedar” por otro: lo que ha motivado que escriba esto ya lo sabéis, el incidente de hace unos días. Pero no para qué, y es que necesitaba expresarlo, en público, sin miedo, porque estoy harto de callar algo que llevo toda la vida soportando sobre mis hombros. Ya hace años que no tengo miedo de él como persona, pero tampoco puedo ser yo mismo en su presencia, porque ser yo mismo implicaría no verlo más y, por lo tanto, perder gran parte del contacto que tengo con mi madre y con mi hermano. Es un equilibrio difícil de alcanzar y creía haberlo encontrado. Pero es entonces, cuando menos te lo esperas, muy en su línea, cuando de repente te habla como hace veinte años, te amenaza, te grita, simplemente por dar tu opinión, por decirle que se equivoca en algo, y te revuelve las entrañas y te tiembla todo, no ya por miedo, sino porque activa un resorte oculto, a modo de perro de Pavlov. Pero, como le dije, no le paso ni una más.
Espero no haberos abrumado con tanta información. Es lo que es, una historia que hace tiempo necesitaba contar. Como digo, faltan muchos ejemplos, muchos detalles, muchas anécdotas, que siempre guardaba para una futura novela, censurándome como lo hacía, pensando que él podría leerlo. Y lo cierto es que ahora me da igual, porque no le temo. Y mi padre no es solo una persona, es también el símbolo de todas aquellas personas que cambian tu vida por completo, que tienen tanto poder sobre ti durante un tiempo que te anula, y te sientes pequeño, insignificante, hasta que te hace desear desaparecer. Es un aviso a todas las personas que habéis pasado por situaciones similares de que no estáis solas, sé que suena típico, pero es así. Sé la inmensa soledad que uno siente a veces con esto, y lo invisible que es el maltrato psicológico, y lo difícil que es a veces demostrarlo y no volverte loco pensando si no te lo estarás inventando todo. Porque los maltratadores son luego, en su vida diaria, personas tranquilas, incluso cariñosas. Normales. Pero en su Reino, mientras se sienten con todo el poder, son terribles, autoritarios, caprichosos, violentos, y tan retorcidos que son capaces de hacerte pensar que te lo inventas, que es culpa tuya o que ellos son las víctimas. En su necesidad primaria de no sentir ese vacío que sienten, esa rabia, ese aburrimiento letal, destruyen toda ilusión, toda luz, toda identidad, a su paso. No les dejes, nunca. No les creas, nunca. No les sigas, nunca. Ni cuando lloren, pataleen y te digan lo mucho que lo sienten. Porque las personas así están enfermas, aisladas del mundo real. Y, sobre todo, porque no les necesitas, pero ellos a ti sí.
Así que huye de eso, cuanto antes. Si quieren cambiar, lo harán, pero no arruines tu vida esperando lo que nunca va a llegar. Por mucho que te afecte, por mucho que no lo entiendas, por mucho que desearías que fuera de otra forma, no te quedes. Sal al mundo, porque hay mucha gente que sí te va a valorar, que sí te va a querer como eres, y a la que puedas querer sin miedo y sin reservas. Y si el miedo te sirve para escapar de eso, entonces bienvenido sea. Pero no dejes que te abrume, ni un día más del necesario. Huye, sí, pero construye. Evita, pero ama. Y, sobre todo, nunca, jamás pienses que no es el momento, o que ya es demasiado tarde. Porque lo importante es hacerte consciente de que no eres aquello que te han enseñado a ser. No hay mayor rebeldía que ser uno mismo, así que no aguantes ni un día más, deja de reprimirte y haz lo que realmente quieres hacer, cueste lo que cueste. Y cuando dudes, piensa en cómo te sentirías si de aquí a veinte años siguieras al lado de esa persona que te hace sentir continuamente como si fueras invisible. Porque si piensas que nada puede ser peor que eso, es que necesitas cambiar la situación ya mismo.
Si no cambias la realidad, la realidad te cambia a ti. A su antojo.
Así que sal, lucha.
Ya lo creo que lo he intentado. Durante veinte años he luchado, ante todo, contra mí mismo. O, para ser justos, contra el Yo que no quería ser, que me habían enseñado a ser, aunque no lo parezca. Porque sí, amiguetes y amiguetas, esa virtud que muchos/ as veis en mí de intentar siempre ser positivo, y animar a los demás, de expresar mi alegría y mis ganas de bailar, de aprender, de vivir y de abrazar, tienen su lado oscuro, que solo ocasionalmente he mostrado a personas muy concretas, en momentos de verdadera angustia. A destiempo, normalmente. O a tiempo, según se mire. Aprendí a reprimir mi forma de ser, a no dar opiniones ni profundizar demasiado en las reflexiones (hasta el punto de que, hoy en día, sigo pidiendo perdón a veces si considero que estoy hablando demasiado sobre un tema que me interese), a pensar que no voy a conseguir nunca nada, que no es para mí, que solo puedo aspirar a curros que no me satisfagan y a sobrevivir, de piso en piso de alquiler, mientras, a veces, me veo con fuerzas de estudiar algo. Aprendí a fustigarme por procrastinar, a pensar que TODO es culpa mía, con la consecuente fobia a la responsabilidad, a decidir, a tomar una decisión y llevarla hasta el final. Y todo eso, mientras pensaba que yo no valía para nada.
Pues bien, todo eso pasó. O mejor dicho, estoy en proceso de cambiarlo. De cambiarlo en su estructura, me refiero, no solo aparentemente. Veinte años después, estoy siendo otro, incluso volviendo a ser quien era, en lo que sí me gustaba. No digo que estos últimos veinte años no hayan servido para nada: he sentido mucho amor, y he sido masajista, y escribí mi primer libro, y acabé el ciclo medio de Árabe, y estudié un año de Chino, y viví durante dos años el sueño de sentirme estudiante de Universidad en Filosofía (y me sentí, por primera vez en mucho tiempo, feliz, realizado y valorado), y viví un par de meses en Londres, y visité Berlín. En fin, viví.
Pero por más que me haya propuesto esto y aquello, siempre había un muro impenetrable que me provocaba tal pánico, que la ansiedad se hacía insoportable, y me costó dos depresiones, una a los dieciocho y otra a los veintiocho. Los treinta y ocho se acercan, pero tranquilos, una tercera no va a ocurrir. Ya no lo permito. Y os voy a decir por qué. Porque ese muro tiene una cara y una voz y se supone que debería ser la persona que más me hubiera apoyado, esa persona que “lo da todo por ti”. Y cuando digo que he callado esa oscuridad me refiero especialmente a ESO y me refiero a que, cuando he tenido la consciencia de cuál era el origen y me he atrevido a, tímidamente, expresarlo, mucha gente (mucha, la mayoría, incluso personas que yo consideraba amigos), le restaban importancia o incluso me hacían sentir aún más culpable. “Pero si parece una persona normal”, “cómo no te va a querer, es tu padre”, “en todas las familias cuecen habas”, “te quiere a su manera”, “estás exagerando”, “es una persona muy trabajadora”. Y en el mejor de los casos, la simpatía. “Bueno, bueno, todo pasará. Tú céntrate en lo tuyo, lo pasado, pasado está”.
Y eso sin contar con la infinidad de veces en que, al dejar entrever la causa principal de una situación ante la que mucha gente se sorprendía (“¿Con lo listo que tú eres, y estás de teleoperador?”; “Ah, ¿fuiste al Colegio Alemán? ¿Y cómo es que no hiciste una carrera?”; “Joder, y teniendo idiomas y todo”), he tenido que soportar el peso del enjuiciamiento, ese que (salvando, por favor, las distancias, pero entiéndaseme) sufren algunas mujeres aún en la actualidad cuando expresan o denuncian una situación de maltrato. Porque mucha gente supone demasiadas cosas en lugar de escuchar DE VERDAD: suponen que los padres lo dan todo por los hijos, que un padre quiere a sus hijos de manera incondicional, y que va a ser generoso, y que va a querer para ti lo que él no pudo tener. Y de mí en particular suponían que yo no había querido estudiar, o que soy “un cabeza loca”, porque claro, me pintaba el pelo de verde y era un hippie rebelde, así que al parecer eso implica que yo solo quiera “vivir del cuento”; y me gustaba el teatro, y la música, y escribir poemas y relatos, y cantar, y presentar, y el doblaje, y los idiomas, y la Historia Antigua y dibujar cómics, y la Filosofía y la Psicología y la Literatura. Así que, obviamente, si no acababa nada era porque yo no tenía claras las cosas, porque no sabía “centrarme”, y todo lo demás eran excusas baratas.
Pero cuidado, que no les culpo. Porque durante veinte años yo, en la forma y luego en el fondo, consciente y subconsciente, he pensado así. Mi peor juez he sido yo mismo. Porque aprendí unas palabras y un concepto sobre mí mismo que caló más hondo de lo esperado, y lo hice mío, y convertí una voz externa en mi propio pensamiento. Así que, claro, cómo culpar a nadie de lo que yo mismo hacía. Aunque a veces echo de menos precisamente eso que se supone que hacen los amigos que mejor te conocen: recordarte quién eres de verdad. Sentir tu realidad, sentirte realizado. Porque cuándo estás tan dañado y tan roto, necesitas esa verdad todos los días. Necesitas que te digan constantemente que no es verdad, que tú vales para sacarte no una, sino tres carreras, para ser escritor, y músico, y cuatrilingüe, y lo que haga falta. Necesitas a alguien que te diga “lo vas a conseguir, con nada que te esfuerces”, “aunque tengas que currar, al volver a casa estudia, vence el desánimo, lucha por lo que quieres y por lo que eres”. Necesitas que te abracen más de lo normal, sí, es totalmente cierto. Necesitas sentirte seguro.
Porque durante demasiado tiempo, al entrar en tu casa (aunque ÉL te diga que es SUYA) el lugar donde se supone que vas a ser más querido, donde vas a sentirte arropado y donde vas a poder descansar, las piernas te tiemblan, se te acelera el pulso, parece que el corazón se te va a salir por la boca. Se te acumula la sangre en la cabeza, te tiemblan las manos sin poder evitarlo, tus músculos se ponen rígidos y aprietas los dientes. Y eso, día tras día tras día, año tras año, se convierte en migrañas, bruxismo, problemas digestivos y depresión. Se somatiza y se cronifica, ya te digo que sí. Pero para entonces ya es solo problema tuyo y los que no hicieron nada por evitar aquello, ahora te dicen “hay que relajarse, hombre. Tómate la vida de otra forma”.
Porque te esperas la bronca, por lo que sea. Esperas la furia. Porque en la mesa, durante la comida, no se habla, ni se ríe, ni se opina. A menos que seas ÉL, claro. “Callaros, coño, que no oigo la tele”. No repliques, no hables, reprime. Pero oye, y lo que le gusta hablar de lo mala que fue la dictadura, y lo bonitos que son los cassettes de Victor Manuel y Ana Belén.
Porque no podía ser inteligente. O, al menos, no más inteligente que ÉL. Porque siempre tiene razón, y lo sabe todo, y “tú no sabes nada”, “eres un ignorante” y “un inútil”. Y simplemente eres un niño más listo, que no entiende por qué tu padre se enfada por querer compartir lo que sabes con él. Y en clase te sientes feliz, porque estás en el periódico de la escuela, y en teatro, y escribes, y tocas la guitarra (y el piano no porque “no hay dinero”...excepto para una moto, para una moto sí hay), pero es curioso, porque al llegar a casa, de repente, eres “vago”. ¿Se puede llamar vaga a una persona que puede estar escribiendo durante seis horas seguidas sin apenas ir al baño? Sí. Y no solo vago, eres egoísta, por pedir ropa, o libros, o llamar por teléfono, o querer ir un fin de semana al cine. No de marca, ni nada caro. Lo normal para no ir con unas zapatillas rotas. Y luego asomarte a su armario y verlo todo lleno de camisas, calzado bueno, buenas chaquetas. Pero eres un niño, qué vas a saber. “Cuando seas padre, comerás carne”. Eso es así, es lo normal. ¿O no?
Tú no te das cuenta, pero lo vas aprendiendo. Poco a poco, bronca a bronca, pánico a pánico. Porque pedirle algo nos creaba, a mi hermano y a mí, tal ansiedad, que hasta hablábamos en secreto a quién le tocaba ir a hablar con él. Porque la respuesta por defecto era no, con la consecuente retahíla de acusaciones de vaguería. Acusaciones que normalmente se hacían desde el sofá, comiendo quicos, viendo la tele. Con los consecuentes gritos y amenazas, venas hinchadas y aceleración del pulso. Porque para comprar un libro en la excursión del colegio a la Feria del Libro no había dinero, pero para alquilar dos películas de Charles Bronson y dos pizzas familares esa misma noche, a modo de “compensación”, para eso sí. Y se lo tenías que agradecer.
Porque ves a otros niños que rompen, gritan, patalean, fuman, se pelan clases, suspenden, piden motos cuando crecen y ropa de marca. Y tú ya aprietas los dientes cuando te bebes una coca-cola “que no te toca”, o cuando juegas con tu hermano mientras él ve la tele porque “molestas”; o cuando ÉL, mando de la tele aferrado, decide que todo el mundo se tiene que acostar porque sí. Y tú hacescomoqué, pero te quedas con la tele al mínimo, aguzando el oído, porque es Sábado y no puedes salir pero hacen buen cine en la tele. Y entonces resopla desde la cama, y se levanta, y se queda en el umbral, en la oscuridad, mirándote, casi con odio, y tú contienes la respiración mirando a la pantalla como si no fuera contigo, y él te dice aquello de “te estás pasando”, “al final la vamos a tener”. Y sabes que, si se empeña, efectivamente la tendrás.
Porque todo eso suena incluso normal. Quién no ha conocido la zapatilla o las discusiones generacionales. Pero no, no se trata “solo” de eso. Se trata de no recordar ningún momento en que tu padre hablara contigo. Sí, nos amenazaba (a mi madre y a mi hermano también, obviamente: todos éramos el enemigo) y nos gritaba y nos despreciaba, pero nunca a los ojos, nunca de frente, siempre al aire. Siempre con sarcasmo, siempre a gritos, pero solo él. Porque misteriosamente cuando le contradecías, entonces había que bajar la voz, porque todo el mundo sabe que los vecinos hacen esa distinción. Todo el mundo debe saber lo que ÉL opina sobre ti, sobre lo vago e irresponsable y egoísta que eres. Pero no se te ocurra hablar sobre lo que ÉL hace. Porque es mentira, porque es secreto, o porque estás loco.
No se trata solo de eso. Se trata de desear muchas veces que te pegue y te deje marca visible. De tener algo que la gente se crea, que no te digan simplemente un “es tu padre, hombre. Te quiere a su manera”. Algo que no te haga sentirte terriblemente solo. Porque lo peor es eso. Y no mejora. Porque mientras eres un muñeco, mientras no opinas, ni hablas casi, ni ríes, ni lloras, y te encierras en tu cuarto jugando a esa consola que a ÉL tan bien le viene, pero que luego tanto critica, todo va bien. Relativamente. Pero cuando llegas a la adolescencia y empiezas a cobrar vida y a replicar y a pensar por ti mismo (aunque ya lo hacías desde que tienes uso de razón) y a decir “no”, todo va a peor, a mucho peor. Y es entonces cuando empieza, y lo digo en mayúsculas, por primera vez, creo, en público, el verdadero MALTRATO.
No voy a entrar en detalles de cómo funciona. Yo mismo he intentado irlo descifrando, con el tiempo, la experiencia y las lecturas, y no pocos momentos de locura. Pero, para que os hagáis una idea, un ejemplo. Desde niño mostré, además de talento para el lenguaje, la imitación y la escritura, un talento especial para la música. Desde muy pequeñito me paraba a señalar guitarras, pianos. Tenía una vecina, una mujer mayor, con un piano en casa, y mi madre dice que cuando subíamos a verla yo corría al piano y le costaba la vida arrancarme de allí. Tuve varios teclados, desde el más pequeño que suena a cascajo del mercadito hasta el pequeño Casio de cassette. Por fin dan una extraescolar de guitarra en el colegio y la profesora se queda flipada porque, siendo la primera vez que cojo una guitarra, saco de oido varias canciones en tan solo unos minutos. Ella, cuando acaba la clase, decide que me va a llevar a casa para hablar con mis padres. Todo esto lo recuerdo como un sueño, como si no hubiera ocurrido, pero ocurrió. Recuerdo a mi madre hablando con ella. Y también recuerdo una discusión de ella con mi padre esa noche. Y que yo nunca más volví a clase de guitarra y que me apuntaron a Judo, y más adelante a Karate.
Hasta ahí la historia se puede parecer a muchas. Ballet en vez de Kendo, lo típico. A eso uno sobrevive. Pero entonces es cuando yo pido una guitarra. Me empeño y me empeño y mi abuelo me da su guitarra, porque él también era, además de pastor, poeta y músico. Me la da, y yo toco, día y noche (con quejas de fondo, pero las ignoro) y toco y toco hasta que la guitarra no da más de sí. Acabó en la basura, pero como no recuerdo por qué o qué pasó, no voy a acusar a nadie. Pero sí recuerdo pedir otra, una en concreto. No era cara, pero yo estaba enamorado, amor a primera vista. Recuerdo el color, el tacto. La deseaba. Pues no: al final no fue esa. Cogió mi padre un día, fue a una fábrica de guitarras que vendían más baratas con defecto y un día la trajo a casa. Se lo agradecí, con cierta desilusión, claro. Pero oye, era una guitarra. Más adelante me enteré de que me compró esa, seguramente la más barata, porque ÉL ya pensaba eso de que yo empezaba cosas y no las acababa. Algo que no era cierto: era ÉL el que, de pequeño, era un caprichoso (según años más tarde fui descubriendo de otros miembros de su familia) y nunca quiso estudiar y, en pocas palabras, estaba más bien mimado. Pero fue ahí, cuando compró esa guitarra, cuando empezó a construirse ese mito personal, a saber: que yo era caprichoso, que empezaba cosas pero enseguida lo dejaba. Una forma como otra cualquiera de justificar su propio egoísmo y de que, me pusiera como me pusiera, se hacía lo que ÉL dijera, porque “era su casa”. Aquí se hace lo que yo diga, ya sabéis.
Una clavija y una cuerda de la guitarra se me rompieron al poco tiempo, semanas. Fuera porque yo la tocaba día y noche (con toda la vagancia y desinterés de la que era capaz), fuera porque era de la peor calidad, el caso es que quedó inservible. Y, como tengo que recordar, pedirle algo a ÉL suponía una larga meditación y medir que estuviera del humor adecuado, aunque eso era más bien impredecible. Asi que durante unos días, dejé de tocarla. Y entonces, muy oportunamente, apareció ÉL, por sorpresa, las primeras palabras que me dirigió probablemente en mucho tiempo: (Mirando a la guitarra apoyada en la pared) “¿Y para eso querías una guitarra?”.
Sé que es una anécdota larga. Pero sirve perfectamente para ilustrar su manera de pensar y de actuar. Primero te niega algo. He de aclarar que siempre eran peticiones razonables. Yo era cabezón, sí, pero no me salía con la mía. Te enfadas. Entonces te lo da, pero a su manera o, si es material, lo más barato posible. “Porque con eso te apañas”, “Para lo que te va a durar”, etc. Y cuando ya lo has explotado al máximo y no da más de sí, entonces lo dejas, y piensas “joder, si es que tiene razón, no acabo nada” o bien “soy un inútil” y llega ÉL y te lo recuerda, por si no te basta con que te lo haya hecho pensar.
O se te ocurre compartir con ÉL algo que quieres hacer. Él te hace saber que con eso no vas a conseguir nada, que es perder el tiempo. Que lo que tienes que hacer es ir pensando en buscar “un trabajillo para tus gastos”. Que nunca vas a ser tan listo como ÉL, ni a tener lo que ÉL tiene, que siempre vas a depender de ÉL. A pesar de que ÉL mismo no tiene apenas nada, y no me refiero solo a un trabajo normal o un sueldo normal, me refiero a que está vacío, que no desea nada que no sea material. Por eso siempre envidia a los demás, lo que tienen y lo que hacen. Le come por dentro. En todo caso: consigue que tú mismo te desanimes y pienses que es verdad, que no lo vas a conseguir, que las cosas “son como son”. Lo dejas. ÉL está ahí para decirte “te lo dije”. Con cara de triunfo. Disfrutando del poder que tiene sobre ti. Si te ve alegre, hará lo posible por recordarte que la vida es una mierda y que soñar o desear algo es de “vividores”, que hay que aceptar las cosas como son. Y cuando ya te tiene ahí, en el pozo, de repente él está feliz, y hasta gracioso, con su imitación de Cantinflas. Cuando estás en su nivel de antipatía, de desidia y de vacuidad, entonces ÉL se crece y respira tranquilo. No sé a vosotros, pero a mí, independientemente de que sea mi historia personal, que alguien le haga eso a unos niños con tanto potencial, sensibles e inteligentes, creativos, con un gran futuro por delante, me parece deleznable. Imperdonable.
Cuando, como decía antes, pasé de ser un simple muñeco a rebelarme, empecé a ser yo mismo. Y eso no le gustó, no le gustó nada de nada. Y como decía, empezó el MALTRATO de verdad, el que condicionó veinte años de mi vida. Porque, por un lado, es cierto que yo tenía una vida fuera de casa. De hecho, mi vida era lo que estaba fuera. Dentro estaba encerrado en otra realidad. En el Colegio hacía veinte mil cosas a la vez, sin “estresarme”, sin “dejarlo”, sin asomo alguno de que yo me cansara de nada. Pero al llegar a casa era vago, irresponsable, egoísta. Al parecer, el peor hijo que uno pueda desear. Si es que Él deseaba hijos, que ya sé que tampoco. Pero cuanto más mundo veía, cuanto más hablaba con la gente, cuanto más era yo mismo fuera, más me daba cuenta de lo reprimido que estaba dentro. Empecé a darme cuenta de que el trato que me dispensaba mi propio padre no era normal. Que no era normal que me gritara por cualquier tontería, ni que no pudiera hablar ni opinar de nada, a riesgo de bronca. No era normal mi miedo, ni comer mirando la tele en silencio o con la cabeza gacha mirando a la mesa, ni pensar continuamente que todo era mi culpa: que mi padre tuviera que trabajar, que mi madre sufriera, que ÉL sufriera. Que cuando empecé a salir “esto es un hotel” (un clásico), pero si me quedaba “no nos dejáis intimidad a tu madre y a mí”. Si te ponías a estudiar en la mesa “quita esos cacharros que tu madre va a hacer la comida”, y si te encerrabas en la habitación “no cierres la puerta que no me gusta”. Y por cojones tenías que intentar estudiar con la tele a veinte metros a toda mecha.
Pero no, no es solo eso de lo que hablo. Hablo de que un padre no te dirija la palabra hasta que no empiezas a tener (según ÉL) vida propia, excepto para decirte todo lo que haces mal, que al parecer es mucho. Hablo de que todos los profesores le digan que sus hijos tienen muchos talentos, y de que incluso cojan a uno por selección en el Colegio Alemán, pero le sude completamente su educación. Y que tampoco deje a su mujer que decida sobre ello, porque al final todo cuesta dinero y sobre eso, por supuesto, elige ÉL. Hablo de que tenga unos hijos cariñosos, tranquilos, inteligentes, maduros, y sin embargo les suponga vagos, tontos (una de sus frases favoritas, cuando le decías que estaba equivocado, era “¿tú que eres, psicólogo/ filósofo?”, o bien “tú no sabes nada”, o bien “escritor vas a ser tú, sí”) y egoístas.
Hablo de que, al acabar el Colegio Alemán, se acabó todo apoyo, motivación y realidad. Para mí, se acabó el mundo. Mi padre ni siquiera supo (ni sabe, a día de hoy) que me matriculé en Filología Hispánica, ni estuvo ahí cuando caí en una depresión (según ÉL mismo relata, yo les dije que iba a tomarme “un año sabático”. Que tal vez lo dijera, pero para que os hagáis una idea de la nula comunicación). Tampoco le importó: para ÉL, de repente, yo existía y tan solo para molestarle a ÉL y “hacer gasto” (gasta, luego existe). Así que empezó la cantinela diaria de “no haces nada”, “búscate un trabajo”, “esto no puede seguir así”, “a ver si vas volando del nido”. Hablamos de mí, dieciocho años, recién acabado el instituto.
Para ÉL, que iba a verme actuar al teatro casi obligado, no había diferencia entre el antes y el despúes. Para ÉL, no era extraño que yo pasara de estar todo el día leyendo, escribiendo, en teatro, en el periódico, a simplemente mirar al techo y vegetar. ÉL solo conocía de mí lo que veía en casa, y ese Yo era justo el que ÉL había construido, a su imagen y semejanza. Una persona constantemente deprimida. Un puto desastre, vamos.
¿Que por qué os cuento todo esto? Porque durante veinte años mi vida fue una huida hacia ninguna parte y porque a veces tengo la sensación de que he luchado en vano, dedicando mis energías a algo que en realidad no quería. Porque yo quería irme de casa, sí, pero no porque a mí me apeteciera o porque yo fuera “un rebelde”, sino porque dentro el aire era irrespirable, y llegó un punto en que yo prefería estar debajo de un puente. De hecho, por aquella época, dormí en muchos sitios que no eran mi casa. Y forjé mi voluntad y pude comparar unas vidas y otras, unas personas y otras y eso, seguramente, me salvó la vida.
Os cuento esto porque estoy harto. Porque, cuando yo salí de aquella depresión (y me costó mucho hacerlo y prácticamente a solas), tomé las riendas de mi vida. O quise hacerlo. Y me matriculé en Psicología, y oye, me iba súper bien (y con muy buenas notas, aunque me sorprendiera). Pero entonces, al volver a casa, todo seguía igual. Y aunque hubiera pasado la mañana en la universidad, o la tarde estudiando, al llegar a casa siempre oía la misma cantinela sobre encontrar un trabajillo y volar del nido. Lo que mi padre hizo, lo que para ÉL es lo normal. Para ÉL, eso de estudiar ni existía. Jamás me preguntó. Y yo me puse, obviamente, a trabajar, sobre todo para no oírle y para poder hacer lo que quería sin tener que pedirle nada nunca más. Y los trabajos, de todo tipo, eran la mayoría del tipo “ven mañana a la ETT que te recogerán para hacer unas horas nosédonde”. Eso implicaba perder clases, y estudio, y ganas, y motivación. E implicaba que, cuando al final dejé de ir, porque no tenía ni dinero para bonobuses o fotocopias, apareciera, como siempre, ÉL, para decir, un año después de haberme matriculado, algo parecido a “¿pero tú no ibas a la universidad?”.
Tras aquello, decidí hacer un módulo de FP, algo de lo que ni siquiera en el Colegio te hablaban, porque se entendía que todo el mundo haría estudios superiores. Pero yo necesitaba salir de aquella casa en la que día sí, día también, yo me sentía deprimido, rechazado e infravalorado. Y no era el único, porque mi madre y mi hermano también pasaban lo suyo; la cosa no iba solo conmigo. Pero esas son otras dos historias personales que ahora no voy a contar, porque además ellos dos, por aquel entonces, no eran del todo conscientes de lo que sufrían o de dónde estaba realmente el problema, por más que yo discutiera o dijera. Como he dicho, había mucho miedo. No es broma.
Y fui, durante medio año a esa FP de Educación Infantil, y saqué todo dieces en aquella evaluación, sin estudiar ni hacer esfuerzos. El único esfuerzo que hacía era el de mantener las ganas, a base de Trankimazin, para controlar la ansiedad y sus consecuencias físicas, inevitables mientras viviera en ese lugar. Hasta que viví un par de situaciones de verdadera violencia. Sí, de esas de querer llamar a la policía (y pensar “estás loco, es tu padre tío”), de salir de casa llorando, de pensar “a dónde coño voy”, de total desamparo. Y todo por estar ahí cuando a ÉL se le cruzaban los cables y había tenido un mal día, o cuando alguien en el mundo exterior, donde no es el Rey, le había recordado lo profundamente ignorante o simple que es, y como cobarde que es, en lugar de contestar a esa persona, lo soltaba en casa. Repentinamente, de forma violenta. Y sin tocarte ni un solo pelo, era capaz de hacerte sentir como si te hubieran pegado una paliza y te hubieran tirado al río.
Y mientras tanto, mis compañeros del Colegio estaban en sus Erasmus, o en sus carreras, haciendo lo que yo deseaba más que nada en el mundo, que era dedicarme a aprender. ¿Sabéis esa peli, Bailar en la oscuridad, en la que Selma se imagina bailando mientras aprieta tuercas en una fábrica? Así me veía yo muchas veces, pensando en tocar el piano, en aprender jeroglíficos egipcios, en leerme una enciclopedia entera de Antropología, mientras cargaba sacos en el puerto o pasaba doce horas montando mesas y sillas para un gran banquete. Y cuando llegaba a casa, y se me ocurría decir algo sobre mis trabajos, no faltaba el menosprecio de siempre. Nunca se me olvidará el día que llegué a casa después de haber trabajado casi quince horas seguidas, de noche. Llegué a la hora de desayunar. No sé qué comentario se me ocurrió soltar, en voz baja. “¿Eso? Eso no es trabajar.” - dijo, sin mirarme siquiera.
Sí, me fui de casa. Sí, dejé la FP. Sí, cogí una maleta y lo ahorrado, tiré a la basura la última caja de Trankimazin después de más de un año, y me piré. Y no, no me fui “de aventuras” ni a estudiar, aunque fue mi excusa. Se daba por hecho que mi padre no tenía nada que ver, que es que yo era así: ahora quería una cosa, luego otra. ÉL nunca se daba por aludido. Ni yo tenía la valentía de enfrentarme a ÉL más: era preferible, para mí, el silencio que tener razón.
Irme a Córdoba (aunque podría haber sido cualquier otro lugar; de hecho, primero pensé en Granada, por una especie de pensamiento mágico que no viene a cuento) fue seguramente la mejor decisión que tomé en mi vida. No encontré trabajo, pero me encontré a mí mismo, o me reencontré. Me di cuenta, dos años después, de que no solo podía valerme por mí mismo, sino que, visto desde fuera, yo había vivido un verdadero infierno. A todo esto, casi todos mis amigos seguían en sus carreras, y como mucho veían que yo estaba viviendo una aventura. Una amiga a la que perdí y un amigo que me perdió estuvieron muy presentes en aquella época y vinieron a despedirse, pero creo que nunca llegaron a saber, si acaso a vislumbrar, el verdadero motivo.
Como digo, volví a confiar en mí mismo. Aprendí que todo aquello que mi padre decía que yo jamás podría hacer bien, no solo me parecía fácil, sino que lo podía hacer mil veces mejor. Como si hervir una patata o cambiar una bombilla fuera algo que solo ÉL pudiera hacer porque los demás no valíamos para nada. Madre mía, qué ciego había vivido.
Mi padre, al que le ayudaron más que mucho cuando decidió irse de casa (ÉL, porque quiso, porque no quería estudiar, porque encontró un trabajo cómodo, porque quiso casarse), ni siquiera fue capaz de decirme “toma, dinero por si necesitas al principio”. Eso pasa en las películas. Sí que vino después, unos tres meses después, porque mi abuela y mi tía sí que me dieron dinero y me apoyaron. Por eso lo hizo, porque no podía ser menos. Porque “qué iban a pensar”. O tal vez porque mi abuela se lo dijo directamente, ya nunca lo sabré. Fue, sin embargo, la primera vez en mi vida que sentí algo que sentiría otras veces en los años siguientes. No tiene nombre, o yo no lo he encontrado: se trata de lo que sientes cuando recibes “ayuda” de la misma persona que ha provocado tu situación. Se trata de cómo te sientes cuando te hace falta, y alargas la mano, pero por otro lado estás pensando “pero hijo de puta, si estoy aquí porque llevas años echándome de TU casa”. No lo dices, claro. Porque te sigue temblando la mano al pensar en decir la verdad. Porque no fue hasta un tiempo después que dejé de tenerle miedo.
Volví. Creo que pasó casi un año, ya no lo recuerdo con exactitud. Y sabía a lo que me arriesgaba. Pero era tanto lo que había aprendido y era tanta la seguridad que tenía en mí mismo, que me veía capaz de todo. Iba a estudiar y a trabajar, iba a irme de casa pero en condiciones, con unos estudios y un trabajo que me gustara mínimamente. Vamos, a lo que aspira cualquiera. Pero, por supuesto, cometí el mismo error que cometería aún otras dos veces en el futuro: pensar que mi padre podría entender esa necesidad. Porque para él, haber vuelto de Córdoba era otra de esas cosas que “yo empezaba y no acababa”, aunque ÉL mismo lo hubiera provocado, aunque no fuera lo que yo originalmente quería. Para ÉL era un fracaso y como tal me lo tenía que recordar. Pero aún así, aguanté dos años. Dos años de discusiones, porque yo ya empezaba a verle como quien realmente es: un niño caprichoso, cobarde, incapaz de empatizar o de expresarse, o de demostrar cariño o en general cualquier sentimiento positivo. Excepto cuando estaba de buen humor, una vez al mes, que ahí teníamos que reírnos todos. Dos años, eso sí, de trabajar y estudiar a la vez. De meterme a estudiar Quiromasaje (por aquel entonces, yo ya había asumido que iba a ser incapaz de estudiar una carrera, porque no podía dedicarle todo el tiempo, ni me veía “preparado”. Todo falta de autoestima de mierda, pero ya estaba muy interiorizada), de seguir estudiando idiomas, de hacer planes. De intentarlo, porque mientras tanto, los problemas de mi padre con mi hermano iban en aumento, porque conmigo ya sabía que no podía discutir (un día, en una discusión, se lo dije claro y mirándole a los ojos, algo muy, muy raro: “No te tengo miedo”). Yo solo hablaba con él para discutir, pero pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa (algo que, para variar, tampoco le hacía gracia, porque había que comer cuando ÉL comía y acostarse cuando ÉL se acostaba), así que no necesitaba tanto su aprobación. Pero mi hermano no había tenido, por su carácter, tanto contacto con otros modelos, o tantos referentes, o tantos amigos. Y se cebó con él.
Cabe aclarar que mi hermano también era súper dotado de pequeño, en general pero especialmente con las artes plásticas. A poca gente he conocido en mi vida con su talento. Pero como decía, la de mi hermano es una historia también muy larga y no es momento ahora de detallarla. Para lo que nos ocupa, baste decir que los gritos, los arranques de violencia verbal y las amenazas de echarnos de casa por parte de mi padre fueron casi diarias. Yo, por mucho que intentara ignorarlo, hacía lo posible por animar a mi hermano a trazar un plan y largarse de allí, pero estaba muy atrapado y no era capaz de ver más allá, de ver opciones. Sólo trabajaba, fumaba, jugaba, se evadía. Y así, más o menos, sigue hoy en día. Un genio dormido. Yo sufría mucho por ÉL también, porque le quería y porque deseaba tener ese poder de Powder de transmitir lo que siente y lo que piensa a otra persona solo con tocarla para decirle: “¡Tío, espabila! ¡Sal de aquí!”. Gracias a que nos tuvimos el uno al otro sobrevivimos de pequeños, pero ahora era diferente. No era suficiente con jugar juntos.
Mi padre se obsesionó con que no nos quería ya en su casa. Yo tenía 21 años. Tanto mi hermano como yo trabajábamos. Pero todo le molestaba. Que estuviéramos en casa o que saliéramos, que habláramos mientras él (ya, por fin, con minúsculas) veía la tele o que nos metiéramos a jugar a la consola en el cuarto. Mi hermano también le había echado en cara muchas cosas, sobre todo lo de estudiar, o un mínimo de cariño o apoyo. Pero jamás lo reconoció, al contrario: empezó a crear otro mito, a saber, que todos estábamos locos, que éramos malos, que él sólo quería vivir tranquilo. Nosotros éramos los culpables de todos sus males. Pero no os podéis ni imaginar, de verdad, el miedo que daba cuando le decías algo que se negaba a aceptar, como que no nos había querido nunca: se cogía la cabeza, todo rojo, y empezaba a gritar “ayyyyyy, ayyyyyy”. Terrorífico, de verdad. Es medio cómico, lo sé. Pero yo lo vivía con estupefacción y con miedo, no a que me agrediera físicamente, sino de estar volviéndome loco yo.
Todo estaba subvertido: convenció a mi madre (cuya historia es, quizá, la más dura) de que nosotros éramos un problema para ellos, que si no eran felices era por nosotros. Lo más curioso es que, a día de hoy, aún me pregunto qué es lo que hice mal, en qué me porté mal, en qué le causaba yo problemas. La respuesta: en nada. Pero durante esos dos años estuvo gestando una especie de alianza entre ellos dos contra mi hermano y contra mí, como dos bloques inseparables. Seguramente mi padre ya pensaba, incluso al nacer nosotros, que le habíamos jodido la vida. Lo digo así de duro, pero ES así de duro. Siempre digo que mi padre hubiera sido más feliz si se hubiera hecho la vasectomía antes y no después de tenernos, si se hubiera ido con su moto a viajar por España y retirarse a una cabaña en el bosque con televisión por cable y la colección completa de Harry el Sucio. Le encantan los tipos duros. Tal vez sufrió bullying de pequeño porque le llamaban tonto. No lo sé, pero tampoco me importa: muchos sufrimos acoso y no nos volvemos así de gilipollas. Así que...ve tú y pregúntale, si tienes pelotas.
Y en medio de los gritos y las amenazas (“un día nos vamos y os dejamos aquí” o “a ver si os vais de una vez, que tu madre y yo no tenemos intimidad”. Y sí, al parecer también teníamos la culpa de que no se le levante. En fin.) yo conseguí, por primera vez, que me cogieran en una empresa de call center que me iba a poder permitir trabajar a media jornada y por lo tanto ahorrar, pero también estudiar. Hasta entonces había tenido todo tipo de trabajos, principalmente por ETT, o contratos temporales, incluído el típico paso por McDonalds. Para mí eso suponía mucho, porque podía volver a la Universidad, que tenía esa espinita clavada, y ahorrar para pagar esa matrícula. A todo esto, cuando salía el tema, como digo, mi padre perdía los papeles y además te decía que eras tú el que estaba loco y su versión resumida de la historia era que nosotros no habíamos querido hacer nada, que yo me tomé un año sabático (saltándose de repente dieciocho años de vida y sin una sola mención a la depresión o la ansiedad), que nos pasábamos el día jugando a la consola (lo cual, dentro de casa, era cierto: o jugábamos a la consola mi hermano y yo juntos, por estar juntos sobre todo, o leíamos, o dibujábamos, o veíamos una película cuando la tele estaba libre, que era nunca. Porque la alternativa era estar en el sofá, mirando al vacío, o a lo que él le interesaba, que es lo mismo, sin poder hablar, comiendo. Pero es curioso, porque él siempre se quejaba de que pasaba muchas horas trabajando y que nosotros eso no lo veíamos. Pero él no tenía el más mínimo interés en saber lo que hacíamos nosotros fuera de casa. Concretamente, en mi caso, ir a clase sobre todo y luchar por algo.) Según él, no hacíamos más que gastar (es cierto que tanto mi hermano como yo tenemos cierta fobia a la oscuridad y a veces dejábamos la luz encendida. Sospecho que tenga relación con el propio miedo e inseguridad que sentíamos dentro de casa. Pero, una vez más, ve tú y dile eso), cuando lo cierto es que, como trabajábamos, no podíamos pedirle ya nada. Para él, desde siempre, “tus gastos” era todo: los estudios, la ropa, salir, libros, viajes. Todo me lo pagué yo. Tras el “fracaso” de Córdoba, más aún. Me pagué los cursos de masaje, bastante caros, con mi trabajo. Las matrículas de universidad. No tuve carnet de conducir hasta ya los veintiseis o así. Y aún así, para ÉL nunca era suficiente.
ÉL quería echarnos. Desde siempre. Más de una vez pensé en calcular cuánto se había ahorrado en pañales y en potitos, ir un día y soltarle el fajo de billetes “toma, lo que te debo”. Dalí fue aún más radical, aunque parece que realmente lo hizo. Tal vez eran celos, seguramente. O su trauma de que le hagan sentir tonto, que no casa muy bien con dos niños inteligentes. Como he dicho varias veces, necesita sentirse superior, no mejorando él y superando su sentimiento de inferioridad, sino aplastando a los demás. Es una forma mucho más sencilla y directa de sentir que estás al mismo nivel que los demás. Y también más rastrera. O sencillamente, como supongo, no le gustan nada los niños, al contrario que a mi madre. Lo curioso es que luego con los niños de los demás era no solo amable, sino incluso un “encanto”. Ese es otro de sentimientos a los que aún no he conseguido ponerle nombre y que requieren de un poema entero: cuando tu padre ha ignorado siempre tus deseos y necesidades y no te ha hecho ni puñetero caso, pero luego juega con los otros niños y es gracioso y dice palabras como “cariño”.
El Síndrome del Castillo de Arena, lo llamo. Niño Uno intenta hacer castillo de arena, Niño Dos al lado hace uno mucho mejor, Niño Uno se cabrea y siente que el Niño Dos, que solo está disfrutando con su castillo, se está riendo de él. Niño Uno se siente ofendido. Niño Uno salta sobre Castillo Dos: empate. Niño Dos llora e intenta construirlo de nuevo, pero siente la mirada de Niño Uno sobre él, como diciendo “da igual lo que construyas, lo voy a destruir”. Niño Dos duda y construye un castillo a mitad. Un día deja de hacer castillos. Niño Uno le saluda, de buen humor: “Si no quieres hacer castillos es porque no quieres. Mira el mío que bonito”.
Mis padres decidieron comprar un terreno y una casa, porque siempre lo habían querido (por la forma de ser de mi padre, entenderéis que cuanto más se aisle en su burbuja, sin vecinos, mejor). Y le salió redondo a mi padre, porque así no tuvo que echarnos. Se ahorraba el qué dirán (que le importa y mucho), se ahorraba que la familia (o la policía) hiciera preguntas, se ahorraba todo. Era el primer mes que yo iba a cobrar del trabajo que comentaba, y empezaba a hacer planes para ahorrar y matricularme. Pero él tomó una decisión, como siempre, que nos afectaba a nosotros sin tenernos en cuenta en absoluto. Y le dio absolutamente igual. El día que nos lo comunicaron me puse a llorar de rabia e impotencia y él se rió. Como suena, se rió de mí. Como dando a entender que yo estaba haciendo teatro. Ese es mi padre.
Mientras construían la casa (por cierto, en otro pueblo, no en Valencia capital, para aclarar dudas) irían a un piso súper pequeño de un familiar, en el que apenas cabían ellos. Más claro agua. Así que cogí a mi hermano, le dije que si se venía conmigo a un piso (gran error que cometí) y tuve que improvisar, en muy poco tiempo. Pasé un año infernal con mi hermano. Solo diré que él estaba totalmente metido en sí mismo, siendo su mecanismo de defensa a la agresión el engancharse a cualquier cosa que esté a su alcance. Y convivir con una persona así, que nunca había vivido solo, que pensaba que la ropa se lavaba sola o la comida brotaba de la nevera, a la que además no le podías decir nada porque estallaba contra ti (¿os suena?), es duro. Es duro ver a tu hermano, que para ti es un genio del dibujo, pasar días y días sin apenas dormir ni comer, yendo a trabajar y al volver consumirse con tabaco, con café, jugando hasta que le lloran los ojos, horas y horas sin dormir, sin higiene personal. Que no limpie, ni sea capaz de ir a por una bombona de butano cuando se acaba en invierno. Y decirle que vuelva a dibujar, o que estudie algo, y que él te grite que no te metas en su puta vida. Pero gritos como si su cuerpo fuera a explotar de un momento a otro. Ese tipo de cosas, durante un año. A partir de ahí, la relación tan estrecha que teníamos se fue a la mierda e intenté varias veces acercarme a él, pero aprendió la misma manera de defenderse ante la más mínima crítica. Y a día de hoy sigue sin aceptar que tuvo problemas de agresividad, y yo mismo he presenciado cosas que no le deseo a nadie. A día de hoy, mi hermano vive con mis padres y yo, aunque intenté hablar con él muchas veces (llevándome de paso unos cuantos “tú de qué vas, de sabio”), no puedo hacer más, excepto confiar en que algún día se de cuenta de que él es el único que puede cambiar las cosas. Pero que no es nada, nada fácil.
Intenté, cuando mis padres acabaron la casa, un par de años después, por última vez, estudiar. Me tragué el poco orgullo y dignidad que me quedaban y hablé con mi padre. Le dije que me ofrecían un trabajo de fines de semana y que quería estudiar entre semana, pero que para eso yo tenía que irme allí. Para entonces, que quede claro, mi madre se había dado cuenta de todo lo que había ocurrido, de que en el fondo mi padre se había deshecho de nosotros, y había despertado. Se puso las pilas y luchó mucho por nosotros, con no poco sentimiento de culpa porque para algunas cosas ya era tarde. Pero es gracias a que mi madre intermediaba e intentaba apaciguar los ánimos que muchas veces la cosa no fue a más. Algo que, por otro lado, quizá debería haber hecho de otro modo, porque quizá lo mejor que me pueda pasar sea no volver a hablar a mi padre nunca más. Las discusiones muy gordas siempre eran una catarsis, porque aunque fuera a voz en grito, siempre podías decir lo que pensabas en voz alta. Aunque él no te escuchara, aunque le diera igual y pensara que estabas loco. Pero lo decías. Con él es o eso, o el silencio y la ansiedad. Difícil elección, ¿verdad?
Pasaron dos años así. Yo estudiando Filosofía en la Universidad, sintiéndome feliz y realizado. Evitando todo lo posible a mi padre como fuente de negatividad, algo que en la casa nueva era más fácil, por ser dos plantas. Intentando construir una relación de mínimos, a pesar de haber mucho que necesitaba decirle. Porque para él, yo estaba allí porque él me hacía un favor. Me estaba acogiendo. Tal y como él lo veía, yo estaba yendo a él a decirle “papá, ahora voy a hacer las cosas bien, déjame volver”. Y además yo ya tenía mi trabajo y no tenía que pedirle dinero, algo que para él es fundamental. Esa y no decirle nunca que se equivoca son las dos grandes claves para llevarse bien con él. Apasionante.
Pero mientras tanto mi hermano vivía solo en un piso, trabajando en una gasolinera. Dedicándose a jugar en su tiempo libre. Nada más. Y lo pasó muy, muy mal. Yo he sentido también ese abandono y esa soledad y no son plato de buen gusto. Mi madre decidió, tras dos cambios de piso y varios sustos, que se quedaba más tranquila si se iba a vivir con nosotros, aunque eso creara una gran tensión, porque mi padre y él no convivían desde hacía años. Y efectivamente, cuando vino mi hermano a la casa, viví escenas que ojalá pudiera olvidar. Normalmente entre mi padre y mi hermano, pero también de mi hermano conmigo, que me echaba en cara “haberle abandonado”, de mi padre con mi madre y de todos con todos. Hasta que un día, llegando de clase, súper contento por un trabajo que había presentado, escuché gritos desde fuera de la casa. No voy a reproducir aquí lo que escuché, pero estuve fuera media hora llorando, apoyado en la pared, sin saber qué coño hacer. De repente, mi madre había pasado de ser una de las personas más cariñosas y empáticas que conozco a ser MALA (así, en mayúsculas, lo decía el tío), y todo porque ya no se ponía de su parte ni le daba la razón en lo referente a nosotros; mi hermano había pasado de ser súper dotado a ser sospechoso de deficiencia intelectual, y mi padre era una pobre víctima de todos nosotros, que estábamos locos, que no le dejábamos vivir. Y yo llorando a moco tendido, sin entender una puta mierda, ante las miradas (impasibles) de algunos vecinos, oyendo los gritos e importándoles poco más que nada. Y entré, le dije a mi padre (casi con estas palabras exactas): “ella será mala y nosotros unos inútiles, pero el peor fracaso de todos es el tuyo, que estás haciendo infeliz a tu propia familia”. No volví a hablarle en un año.
Obviamente me fui. Por tercera y última vez. Conseguí que en el trabajo me cambiarán a un turno de 30 h. enseguida y me fui de allí pitando. Tampoco le hablé a mi hermano durante un año, pero intenté varios acercamientos, aunque normalmente se reducían a que él me hablara de sus cosas (normalmente juegos) y yo tuviera que reprimirme de decirle muchas cosas, porque cuando lo intentaba se ponía hecho una furia, o se iba, o me decía que yo era “esto o aquello”. Nunca más lo he vuelto a intentar, y solo espero que despierte y le vaya lo mejor posible en la vida. Mi madre le puso mucho las pilas a mi padre, aunque no haya mucho que rascar y consiguió ser un poco más la mujer que realmente es: valiente, sociable, creativa y risueña. Cuando esos dos agujeros de energía la dejan, que no es siempre.
Voy a resumir el resto de la historia, si os parece (y estoy seguro de que sí, de que os parece muy bien, porque ya va siendo el momento de concluir). Unos doce años han pasado desde aquello. Se dice pronto. He tenido un par de trabajos de varios años, por suerte. Ser teleoperador no es ni mucho menos el mejor trabajo del mundo y me lo encontré por casualidad, pero pensándolo en frío, es gracias a eso que he podido sobrevivir. Y no, aunque lo intenté, nunca pude acabar esa carrera. Ni ningún estudio, en realidad. Como decía, he hecho cosas, sí. Algo he vivido. Volví a hablar con mi padre, claro. Pero nunca, jamás, aceptó esta historia. Se la intenté contar una vez completa, pero nunca más. No me vale la pena el disgusto.
Cambié varias veces de compañeros de piso. De trabajo. De ciudad, una vez, poco tiempo. De estudios, cuando tenía algo de ganas y dinero. Pasé por una segunda depresión, por otros motivos que no vienen a cuento, pero cuyo fondo es el mismo. Hice malabarismos todos estos años para encontrar cierto equilibrio entre tener tiempo y tener dinero. E intentaba mantenerme despierto, creativo, aunque no siempre era posible. Durante muchos años he necesitado únicamente una cosa: paz.
Soy consciente de que esto, además, afectó a mi manera de relacionarme con los demás. Puedo parecer sociable (y lo soy, realmente me siento feliz con gente alrededor), pero a veces los fantasmas vuelven, y la oscuridad, y me aíslo, y desaparezco sin decir una palabra. Y luego vuelvo con más energía que nunca, pero me paso media vida disculpándome, y la otra media excusándome. También hubo varias épocas en las que perdía mi capacidad para ser asertivo, porque cuando expresaba lo que pensaba o sentía tal cual, solía tener muchos problemas. Lo de siempre, vamos. Y me acostumbré varias veces a no hacerlo, lo cual para mí es peor aún, porque me quema por dentro. También intenté varias veces, a medida que me fui haciendo consciente de todo por lo que había pasado y por qué, contarlo. Pero, como decía al principio, normalmente suena a excusa o justificación de algún tipo, así que aprendí a no hacerlo. También me compensaba, porque mucha gente habla sin intentar sentir lo que siente el que tienen delante y, sinceramente, para ese tipo de opinión, ya soy yo lo suficientemente auto-crítico. No necesito a nadie que me recuerde que no he acabado ninguna carrera, o que he perdido el tiempo muchas veces intentando, como mi hermano, evadirme y no pensar y no luchar, y que no cambie nada. No necesito a alguien que tuvo la suerte de estudiar desde el principio y empezar a trabajar de lo que le gusta, por muchos problemas que tuviera también en su familia, dándome lecciones de qué es trabajar, de que es tener voluntad o ser constante. Y todo eso partiendo de la base de que sigan pensando, a estas alturas, por no querer escuchar la historia, o no tener el interés, o no querer verlo, que todo es una exageración, y que simplemente yo he tenido una vida “desordenada”. Al parecer, piensan que uno pasa de ser un niño hiper-sensible, extrovertido, creativo, con muchos intereses y que nunca se aburre, a ser un adulto sin motivación que prefiere trabajar en un McDonalds para poder comprarse la nueva consola que sale al mercado, por arte de magia y sin puntos intermedios. Y no.
Y ahora viene la explicación que realmente importa. El jugo de la cuestión. Por qué dedicarle una tarde entera a esto, cuando tengo tantos trabajos por hacer y tanto por estudiar. O en otras palabras: a qué viene. Pues bien. Como algunos de vosotros/as sabéis (no muchos) he pasado una época bastante jodida. Muy jodida. Tenía un trabajo (sí, también de teleoperador) y cuando había cierta estabilidad, como siempre, hicieron un ERE (ya voy por el segundo, yupi). El caso es que yo estaba ya muy quemado: muchos años haciéndome o sintiéndome tonto, y no, no me estoy refiriendo a que sea un trabajo para tontos. Es tan digno para ganarse el pan como cualquier otro. Me refiero a que, cada vez más, mientras trabajaba me quedaba mirando a la pantalla, en blanco, y perdía el hilo, y el cliente me llamaba “¿oiga?¿está ahí?”, y yo estaba pero no, y ya había vivido momentos duros teniendo que cambiar al piso en el que estoy ahora (que ahora cruzo los dedos para no perderlo), y pidiendo ayuda a una amiga para estar en su casa un tiempo, y con inseguridad total en el trabajo y últimamente, además, cuando veía a mi padre todo parecía NORMAL. Normal de educado, de incluso mirarme con cierto cariño. Normal de que, para él, yo estoy donde estoy porque lo he decidido así, que ya soy una persona adulta, y todo lo demás no existe. Y lo de las decisiones es cierto, siempre, en última instancia. Pero es una verdad a medias. Y que la misma persona que ha condicionado mi vida inestable se ofrezca a ayudarte económicamente, en el caso de mi padre, es perturbador. Porque no lo hace aceptando que se ha equivocado, para compensar: lo hace para dejar claro que él puede ayudarme a mí porque tiene un buen sueldo, porque a mí las cosas me han salido mal porque no he sabido hacer las cosas como él las hizo, o que no he trabajado lo suficiente. Y no es que yo me lo invente: todo eso son cosas que él, de forma aleatoria, inesperada y subrepticia, suelta de manera indirecta, o mediante comentarios al aire, o con sarcasmos, que te dejan totalmente anulado y sin capacidad de respuesta. Cuando piensas qué responderle, ya estás en casa. Y aunque le respondieras en el momento, él te miraría con cara de “estás loco”, o te diría que te lo hagas mirar, que no se puede estar mirando siempre al pasado. Mi padre ha aprendido, como los velocirraptors, de modo que ahora parece que jamás ha roto un plato en su vida. Se ha venido arriba totalmente: habla con la gente, llama “cariño” a la gata y la mima, y se pone cachondo contestando él solo a los concursos de la tele, dejando muy claro que es el que más sabe de todo su reducido universo. Realmente LO CREE.
Pero me he desviado mucho del tema. Decía que hicieron un ERE y yo decidí (algo que le dije a muy poca gente, para evitar opiniones) no pasar a la empresa que se quedaba el servicio. Necesitaba frenar, necesitaba pensar en cómo enfocar mi vida hacia algo que me permitiera vivir mejor sin empezar la casa por el tejado, como siempre. Porque la ansiedad y la impaciencia van cogidas de la mano, sintiendo que hay siempre una amenaza detrás, algo que te impedirá seguir haciendo lo que querías, algo que ocurrirá cuando más relajado estés. Es una de las secuelas indiscutibles del maltrato y de hacerte sentir que no vas a conseguir nada porque no vales nada. Y puede que racionalmente lo pienses (que vales algo, o incluso mucho), pero cuando llega el momento, el estómago se cierra, la respiración se detiene, te tiemblan las piernas, y SABES que lo vas a hacer mal, y que da igual que lo intentes, porque el resultado será ese. Muy poca gente sabe lo mucho que cuesta luchar contra eso y que hay ciertas cosas que te cuestan dos o tres veces más que a alguien que, en ese sentido, esté sano. Trabajar, y estudiar, y mantener tu cordura, y seguir teniendo ilusión, y ser capaz de amar, y de vivir, y de tomar decisiones o asumir responsabilidades sin cagarte vivo o echarte atrás. Porque yo me considero muy valiente, sí, pero porque he tenido que vencer muchos miedos. El miedo lo pasas igual, pero ante eso, ¿no será mejor enfrentarte a él y que tengas la posibilidad de vencerlo, que evitarlo y que se repita una y otra vez? Y tal vez sea valiente porque siempre, siempre, me ha aterrado más la idea de que las cosas se quedaran como estaban. No me gusta asentarme en el dolor, ni en la rutina, cuando es gris. Me aterra, el grís.
Así que he estado un tiempo descansando, y recapacitando, intentando tomar una decisión que pudiera ser correcta, que no implicara ser esclavo de un trabajo que odio otra vez, que me permitiera avanzar. Y ese tiempo de reflexión y de crisis, como es obvio, repercutió en mi situación económica, y es jodido verse en servicios sociales y demás porque ya no tienes ayudas. Y sí, era necesario, porque el año pasado por estas fechas, la sombra de una tercera depresión planeaba sobre mi cabeza y como dije antes, ya no lo voy a permitir. Y la adversidad y el grandísimo apoyo de mi madre y de algunos amigos me pusieron mucho las pilas, y los largos paseos, y los largos años de ir siempre a la deriva. Porque, de todo esto, lo más triste es que, al final, en realidad, acabé haciendo lo que ÉL quería que hiciera: trabajar (y tuve varios, muchos trabajos) e irme de casa (y tuve muchos pisos, demasiados). Porque dedicarme solo a estudiar nunca fue una opción para mí, y eso me generó mucha frustración, mucha tristeza, y perder gran parte de mi vida lamentando el tiempo perdido. Pero sí que podía haber aprovechado más el tiempo, haber luchado más por lo que quería...yo qué sé.
Lo cierto es que ahora ya no me importa. He encontrado un proyecto que me satisface, que es estudiar Integración Social a distancia, para poder trabajar en cualquier turno, y tuve la enorme suerte de encontrar un trabajo de findes que me permite pagar (apenas) alquiler y facturas, y también tiempo para estudiar y así poder cambiar las cosas. Todo no se puede, no en mi caso. Porque a veces, durante estos años, ha sido inevitable compararme con compañeros del colegio, y ver a dónde habían llegado, y envidiar que pudieran dedicarse a lo que realmente les apasiona. Pero es un error, aunque a veces te sirva de motivación, porque la única persona con la debes compararte es contigo mismo. Sólo tú mismo sabes tus limitaciones, tu tiempo, tu capacidad, tus ganas, tus recursos económicos, lo mucho o poco que has luchado por conseguir lo que a lo mejor para otro no es nada. Claro que envidio a la gente que viaja por todo el mundo, y a la gente que ha podido dedicarse a estudiar, incluso dos o tres carreras, y envidio y admiro a quien toca cualquier instrumento, y a quien ha publicado una novela, a quien canta, a quien baila, a quien hace unos vídeos buenísimos de Youtube y quién ha dibujado un cómic. Admiro y envidio todo eso, porque todo eso soy yo en potencia, y la sensación es siempre la de perseguirme a Mí mismo, en otra dimensión, siempre esperando alcanzarme. Es como vivir a destiempo, en negativo, quitándose lastres en vez de avanzar, dedicándole energía a algo en lo que ni siquiera crees. Y eso ya se acabó.
Hace una semana tuve una discusión relámpago con mi padre que es la que despertó, tal vez por última vez, este monstruo cada vez más débil. Una Blitzdiskussion. Como cuando voy a comer con mi familia me limito a estar y a hablar con mi madre y a veces con mi hermano, y a intentar estar lo más tranquilo posible, eso implica muchas veces callarme (sí, así funciona en muchas familias, lo sé) para no liarla. Porque escucho tantísimas tonterías de su boca, cada vez que intenta hacerse el listo hablando de política o de Historia o de cualquier cosa en realidad, que se me pone la carne de gallina. Y afortunadamente algo ha cambiado, y mi madre y mi hermano se ríen de él incluso, algo que él asume con cierto victimismo placentero, al parecer (ya me lo imagino con sus amigos jubilados “yo en mi casa no puedo abrir la boca, se ríen de mí”). Pero no está acostumbrado a que yo dé mi opinión ya, algo que sin duda es bueno para él, que sigue pensando que lo sabe todo. El caso es que se me ocurrió contradecir una opinión suya muy cuñadista (sobre un tema que no vale la pena ni mencionar, súper tonto) y fue tan violenta su reacción, tan repentina, como siempre, que hasta mi madre y mi hermano agacharon la mirada, como una reacción, como antaño. Como siempre, se puso todo rojo, con esa boca de amargamiento infinito que se le pone y me soltó: “Te estás pasando”.
Te estás pasando. Así, de repente. Como si yo tuviera aún diez años, o veinte. Como si creyera que eso va a acallar la verdad sobre él: que es un pobre niño-hombre, ignorante y prepotente a la vez (lo único que no soporto en una persona) , que nunca ha podido recibir una réplica o una crítica sin que entre en pánico y se le caiga el mundo encima. Que tampoco es capaz de entender que la persona y sus pensamientos son independientes, y que de hecho lo sano es cambiar de forma de pensar y de sentir a lo largo de la vida. “Ni se te ocurra volver a amenazarme”, le dije muy serio. Y mientras me iba a la cocina, roto de rabia y frustración, sintiendo, otra vez después de tanto tiempo, ese hervir de la sangre, ese temblar del cuerpo, escuché de lejos su voz, cobarde, temblorosa: “Será posible, el nene este...Que me ha tenido “enfilao” toda la puta vida...”. Para quien no lo entienda, lo que viene a decir es que yo le tengo manía. Eso lo dice un maltratador psicológico jubilado de sesenta años, sí. Que se siente víctima de alguien, de su propio hijo, porque le dice que está equivocado.
Por eso me estremezco cuando veo ciertas noticias sobre ultra-católicos o neo-nazis que denuncian a otros que se han “metido con su ideología”. O sin ir más lejos, los neo-machos a los que les preocupa la invasión de feminazis castradoras o del Imperio Gay, que te dicen aquello de “ni machista ni feminista, yo quiero la igualdad” o “¿y el día del orgullo heterosexual?”. Ante la idea de que todo vale, de que todo es respetable, existen personas como mi padre que se sienten muy cómodos. Cuando le he contado a veces cómo me sentía respecto a decisiones suyas sobre nosotros, una respuesta suya muy habitual (cuando no estaba hecho una furia) era: “Bueno, esa es tu opinión. No fue así”. Hablando de hechos, o de sentimientos. Es decir, niegan completamente tus emociones y te anulan, y reinventan hechos irrefutables pero que es imposible ya demostrar y les dan la vuelta para pasar de verdugos a víctimas y aunque aparentemente te están diciendo “te respeto”, en realidad lo que dicen es “di lo que quieras, yo sé que tengo razón”. Y ante eso no van a aceptar que les digas directamente que no la tienen.
En fin. Hay mucho, mucho que me he dejado en el tintero. La historia completa sobre mi madre, o sobre mi hermano, y lo mucho que me afectaba también que mis propios amigos me trataran de manera condescendiente, siendo que ni siquiera conocían a fondo la historia. O las bromas que he tenido que soportar cuando he dicho que quería hacer esto o aquello (“sí, como aquella vez que empezaste X”). Ni se imaginan cuánto me afectaba, ni lo mal que lo paso cuando, precisamente por esa falta de apoyo, dejo de hacerlo y me desanimo, y me siento doblemente mal porque, además, les tengo que dar la razón. La imagen que ellos tenían de mí y yo de mí mismo. La lucha incesante contra la falta de autoestima y que siempre haya alguien dispuesto a recordarte que la vida es una mierda, precisamente cuando has conseguido ver un poco de luz. Que muchas veces haya preferido callarme y no opinar por mantener algo de paz y que por eso mucha gente me haya tomado por idiota, sobre todo en ciertos trabajos. Que no necesito consejos, sino abrazos. No necesito “yatelodijes”, necesito que me escuchen. No necesito juicios y mucho menos prejuicios: necesito, como todos necesitamos, apoyo y comprensión si me lo pueden dar. Y si no, simplemente que me dejen vivir. Aun a día de hoy, por mal que me parezca una decisión, por aburrida o triste que me parezca una vida, por estúpida que me parezca una idea, por mediocre que me parezca un trabajo, jamás me vais a escuchar juzgar a alguien por ello. Porque nadie sabe la historia que hay detrás, o la lucha, o la ilusión y el esfuerzo que esa persona le pone. Porque cada cual es feliz como buenamente puede.
Pero no hay mal que por bien no venga, y aunque he pasado una semana de mierda con la ansiedad, sin poder hacer casi nada de lo que tenía que hacer (que es mucho), me ha enseñado, una vez más, una valiosa lección. Es curioso, además, que la aprenda ahora que estoy estudiando Integración Social, porque una de las asignaturas (y futuros empleos) es Mediación, y se habla de muchas cosas relacionadas que no habría forma de aplicar en mi caso. Porque hay personas que, por muchas veces que te des contra el muro, no van a cambiar. Por mucho que esperes una respuesta positiva, una señal, algo,...deciden que no tienen nada que cambiar y no lo hacen. Personas autoritarias os vais a encontrar en vuestra vida, y espero que no sean muchas. Negativas, tóxicas, anti-empáticas (antipáticas), llamadlo como queráis. Pero hay personas que son verdaderos Vampiros de energía, agujeros negros que sólo quieren llenar su vacío contigo, nutrirse de tu luz. Puede sonar esotérico, pero es totalmente así. Y os voy a dar un consejo de esos que me dan rabia: evitadlos. Huid. Me da igual si son vuestros padres, hermanos, parejas, hijos. Me da igual que pienses que van a cambiar, que “en el fondo” no son así. A mí me da igual que alguien me diga que me quiere muchísimo, si su forma de demostrarlo es pegándome una paliza. Me da igual que alguien me diga que me quiere a su manera, si todos sus actos van dirigidos a deshacerse de mí.
No me vale, no lo acepto, no lo quiero en mi vida.
Así que, queridos lectores, queridas lectoras, que habéis llegado hasta aquí sin saber muy bien por qué, y sobre todo estando tan saturados como estamos todos de malas noticias, de mensajes egocéntricos y de selfies de Instagram, por un lado, y de “no tengo tiempo de quedar” por otro: lo que ha motivado que escriba esto ya lo sabéis, el incidente de hace unos días. Pero no para qué, y es que necesitaba expresarlo, en público, sin miedo, porque estoy harto de callar algo que llevo toda la vida soportando sobre mis hombros. Ya hace años que no tengo miedo de él como persona, pero tampoco puedo ser yo mismo en su presencia, porque ser yo mismo implicaría no verlo más y, por lo tanto, perder gran parte del contacto que tengo con mi madre y con mi hermano. Es un equilibrio difícil de alcanzar y creía haberlo encontrado. Pero es entonces, cuando menos te lo esperas, muy en su línea, cuando de repente te habla como hace veinte años, te amenaza, te grita, simplemente por dar tu opinión, por decirle que se equivoca en algo, y te revuelve las entrañas y te tiembla todo, no ya por miedo, sino porque activa un resorte oculto, a modo de perro de Pavlov. Pero, como le dije, no le paso ni una más.
Espero no haberos abrumado con tanta información. Es lo que es, una historia que hace tiempo necesitaba contar. Como digo, faltan muchos ejemplos, muchos detalles, muchas anécdotas, que siempre guardaba para una futura novela, censurándome como lo hacía, pensando que él podría leerlo. Y lo cierto es que ahora me da igual, porque no le temo. Y mi padre no es solo una persona, es también el símbolo de todas aquellas personas que cambian tu vida por completo, que tienen tanto poder sobre ti durante un tiempo que te anula, y te sientes pequeño, insignificante, hasta que te hace desear desaparecer. Es un aviso a todas las personas que habéis pasado por situaciones similares de que no estáis solas, sé que suena típico, pero es así. Sé la inmensa soledad que uno siente a veces con esto, y lo invisible que es el maltrato psicológico, y lo difícil que es a veces demostrarlo y no volverte loco pensando si no te lo estarás inventando todo. Porque los maltratadores son luego, en su vida diaria, personas tranquilas, incluso cariñosas. Normales. Pero en su Reino, mientras se sienten con todo el poder, son terribles, autoritarios, caprichosos, violentos, y tan retorcidos que son capaces de hacerte pensar que te lo inventas, que es culpa tuya o que ellos son las víctimas. En su necesidad primaria de no sentir ese vacío que sienten, esa rabia, ese aburrimiento letal, destruyen toda ilusión, toda luz, toda identidad, a su paso. No les dejes, nunca. No les creas, nunca. No les sigas, nunca. Ni cuando lloren, pataleen y te digan lo mucho que lo sienten. Porque las personas así están enfermas, aisladas del mundo real. Y, sobre todo, porque no les necesitas, pero ellos a ti sí.
Así que huye de eso, cuanto antes. Si quieren cambiar, lo harán, pero no arruines tu vida esperando lo que nunca va a llegar. Por mucho que te afecte, por mucho que no lo entiendas, por mucho que desearías que fuera de otra forma, no te quedes. Sal al mundo, porque hay mucha gente que sí te va a valorar, que sí te va a querer como eres, y a la que puedas querer sin miedo y sin reservas. Y si el miedo te sirve para escapar de eso, entonces bienvenido sea. Pero no dejes que te abrume, ni un día más del necesario. Huye, sí, pero construye. Evita, pero ama. Y, sobre todo, nunca, jamás pienses que no es el momento, o que ya es demasiado tarde. Porque lo importante es hacerte consciente de que no eres aquello que te han enseñado a ser. No hay mayor rebeldía que ser uno mismo, así que no aguantes ni un día más, deja de reprimirte y haz lo que realmente quieres hacer, cueste lo que cueste. Y cuando dudes, piensa en cómo te sentirías si de aquí a veinte años siguieras al lado de esa persona que te hace sentir continuamente como si fueras invisible. Porque si piensas que nada puede ser peor que eso, es que necesitas cambiar la situación ya mismo.
Si no cambias la realidad, la realidad te cambia a ti. A su antojo.
Así que sal, lucha.
Sé valiente.
Comentarios
Publicar un comentario