La debilidad que me hace ser fuerte


    Pues sí, me apetece quejarme. Resulta que llevo un mes sintiéndome agotado, estresado, taciturno, ansioso, y un poco hasta las pelotas. Esto último precisamente porque pocas veces en mi vida me he quejado de nada y últimamente, que he sentido la necesidad de hacerlo, porque no podía más, porque realmente necesitaba expresarlo y apoyo y palabras de ánimo, he recibido, en recompensa, más prejuicios y palabras condescendientes que nunca. 

    Por hacer un resumen hiper-breve, un micro-relato de mi vida, he tenido que cuidar de mí mismo y buscar mi propio camino desde que tengo uso de razón: trabajar desde los dieciocho muchas veces en condiciones de explotación para poder salir de un entorno familiar tóxico, violento y nocivo, mientras cada año, cada puto año, he intentado seguir teniendo la ilusión y la motivación para estudiar y hacer todo aquello por lo que siento pasión; me fui de casa a los veinte (demasiado tarde para mi gusto y para mi salud mental), habiendo ya pasado por una depresión, con una maleta y el dinero ahorrado, para encontrarme a mí mismo y darme cuenta de que yo no era la mierda que me hacían ver que era; he intentado estudiar Fps para estudiar algo que me permitiera trabajar en algo mejor a corto plazo, carreras presenciales, carreras a distancia para estudiar mientras trabajaba, aprender a tocar el piano por mi cuenta que es algo que sencillamente necesitaba desde pequeño y nunca tuve la oportunidad de hacer; pagarme dos años de estudios de Quiromasaje, sacarme tres años de Árabe, escribir, superar todos mis miedos y falta de autoestima, a lo que siempre me he enfrentado con el mejor ánimo posible; he superado rupturas de pareja difíciles, problemas familiares gordos, que a día de hoy sólo un par de personas conocen realmente (o admiten, porque aún hay algunos que siguen pensando que no es para tanto); he lidiado con discriminaciones y comentarios insultantes y prejuicios (hablar sin saber) e injusticias por ser gordo, por ser gay, como trabajador, por estudiar y no trabajar, por no estudiar (“es que nunca acabas lo que empiezas”, “eres muy vago” [lo cual aún me sorprende, porque no sé en qué momento piensa la gente que un niño superdotado que viene de una familia de clase media tirando a baja en su momento, con talento para escribir y la música, que saca el Colegio Alemán a la primera, que estudia, hace teatro, escribe para el periódico de la escuela y aprende por su cuenta a tocar la guitarra y el piano, dibuja y lee y aún le faltan horas al día, decide de repente ser un puto vago y prefiere trabajar en un McDonalds a estudiar algo que le apasione, que es mucho. ¿Alguien de los que siguen pensando eso de mí puede darme un buen argumento que sea razonable?]); por no buscar un trabajo mejor (“tú vales para mucho más”), por no escribir (“deja de jugar y ponte a escribir, que tengo un amigo que publicó blablabla”), por escribir (“haz algo práctico/ productivo/ de provecho”), por no salir más, por salir demasiado, por llevar toda mi vida de alquiler (“es tirar el dinero” - dijo el que se hipotecó hasta las cejas y no para de quejarse en todos sus trabajos de que tiene una casa que pagar y por eso no hace huelga), por no ahorrar, por no haberme cuidado estos años, por fumar, por no hacer deporte, por “filosofar demasiado”, por actuar sin pensar, por tomar decisiones o por no tomarlas. 

    Pues bien, estoy hasta la mismísima polla. He tenido que reeducarme a mí mismo, educar a mis propios padres en cómo convivir como una familia, algo que me ha costado años, dos depresiones, y gracias a lo cual ahora hay mejor relación que nunca, tomé la decisión de salir de un ambiente que me llevaba a la locura para poder vivir mi propia vida acorde a mis principios y poder ser yo mismo, trabajando siempre, pagándomelo yo todo, tomando decisiones a veces correctas y a veces no, pero siempre asumiendo mi responsabilidad, y aún así he tenido tiempo y energía para los demás, cuando alguien ha necesitado mi ayuda, o ánimos, incluso gente desconocida. Aún he tenido tiempo para pensar más en los demás que en mí mismo muchas veces, y ya lo he pagado con creces. Aún conservo ilusiones, aún tengo sueños y lucho día tras día (día tras día), no siempre en acto pero sí emocionalmente, luchando contra mí mismo, o el Yo que hicieron de mí, mis malos hábitos, el desánimo, la falta de autoestima o la desidia. Y aún así, aún así, sigue habiendo gente que habla demasiado rápido, que está dispuesta a meter el dedo en las heridas, a recordarte tus defectos. Mucha gente que me conoce se soprendería de las innumerables ocasiones en que me hecho el tonto, en que he esbozado una sonrisa cuando sólo quería un abrazo, en que he escuchado problemas cuando yo mismo estaba desbordado, en que he dejado pasar comentarios, mentiras, quejas constantes sobre asuntos que me parecían banales, y agresiones verbales que no me merecía, sólo por pensar antes en el otro que en mí mismo, por comprender demasiado, tener paciencia, ver a las personas como son, con sus angustias y sus debilidades, porque no hay nada que me haga más feliz que poder hacer a alguien sentirse importante, especial y querido. Porque es lo que yo desearía para mí, y sé lo importante, lo vital, que es amar y ser amado, y hacer que nuestro paso por la vida merezca la pena. 

    A mi alrededor todo son quejas, especialmente de la gente que menos arriesga. De gente que no conoce el verdadero sentido de la responsabilidad. Asumen su papel como víctimas, por tener que pagar una hipoteca, por tener que mantener a sus hijos, por tener un trabajo que no les gusta, por el gobierno, por la mala suerte. Gente que, si lo comparo con mi vida, algo inevitable, lo ha tenido fácil. Y con tenerlo fácil me refiero a que no han tenido que enfrentarse a nadie, no han tenido que tomar decisiones difíciles. Sólo han tenido que seguir la corriente del río, dejarse llevar, conformarse, asumir y entrar en el maravilloso mundo adulto del “la vida es así”. Pues dejadme deciros una cosa: estoy hasta los cojones de eso y de que siempre la gente que menos debería hablar se permita tacharme de infantil, o de voluble en mis opiniones, o de no tener una estabilidad; que me siguen viendo como un “rebelde sin causa” y que si no tengo un piso, un coche y una pareja estable a los treinta y tres es porque yo me lo he ganado, porque nunca he tenido nada claro o no he luchado lo suficiente. Y me siguen viendo como un niño, que lee cómics, juega a videojuegos, se tintaba el pelo de verde y hacía locuras. Pero obvian que ese mismo niño es adulto desde hace demasiados años precisamente porque ha tenido que luchar contra lo que NO quería en su vida, y para ello ha tenido que valerse por sí mismo, hacerse a sí mismo y seguir andando aunque todo estuviera en su contra y le sangraran las rodillas. Que madurar no es casarse y tener hijos y tener una casa y un trabajo estable; eso son nuestras circunstancias temporales, nuestras relaciones, proyectos de vida en los que uno puede creer o no. Pero luego uno se mira al espejo, solo, sin nada ni nadie que le diga quién es, y es en esa lucha de miradas donde uno se da cuenta de lo que realmente importa. 

    Yo nunca he criticado a nadie (duramente) por sus elecciones, por elegir esto o lo otro, por hacer cosas que me parecen de quinceañero a los treinta, por tener relaciones falsas (de adultos convencidos de su rol), o por relacionarse con sus propios padres igual que desde hace viente años. Nunca me he ensañado con los defectos de nadie, aún al contrario, he intentado siempre sacar de cada persona lo mejor de sí misma, y tratarla no como es, sino como le gustaría ser. Porque siempre he visto a la gente como personas que eligen, que son libres de hacer lo que crean y que deberán ser reponsables con sus decisiones. Yo no quiero que la vida “me pase”; soy muy consciente, demasiado, de que las elecciones que uno toma las paga, y mis aciertos y mis errores los disfruto y los sufro yo, y nunca le he pedido cuentas a nadie, ni he exigido nada, excepto que me traten de la misma forma. 

    Así que ya basta. Ya basta de que para una vez (o de las pocas) que expreso mi agotamiento físico y mental, tenga que escuchar un “es que la vida es así”, con condescendencia, como si yo no supiera cómo es la vida. Ya basta de juicios de mierda que sólo demuestran lo poco que me conocen, exigencias y presiones. Que he tenido que aguantar comentarios a lo largo de mi vida de amigos a los que apreciaba mucho y en su día me sentía incapaz de reaccionar, y ese era mi error, y he aprendido con el tiempo, pero aún a día de hoy me sorprende que gente que se supone que debe apoyarte y quererte, se preocupe más de medirte bajo el rasero de su propia vida que de escucharme realmente y ver qué es lo que me pasa y por qué. Que yo ya tenía los huevos peludos de enfrentarme a la realidad mucho antes de que algunos supieran siquiera lo que es un sueldo, o querer hacer algo y no poder, y tener que ganártelo, o estar doce horas cargando un contenedor en el puerto rodeado de cucarachas mientras sonríes pensando en que por fin podrás comprarte ese libro que deseas desde hace meses. 

    ¿Y todo esto a qué viene?, os preguntareis algunos. Pues viene a que hace un mes escaso por fin encontré curro, un trabajo que pinta bien, al límite de que se me acabara el paro, que para mí, igual que para muchos, es una putada porque volver con mis padres no es una opción, a pesar de lo muchísimo que quiero a mi familia, especialmente a mi madre. Y al mismo tiempo se me ha juntado acabar dos cursos de profesor de español, el examen de inglés del Cambridge, que mis compañeras de piso se vuelven a su país en breve y las quiero como si fueran mis hermanas, y que mañana me operan, y estaré de baja estando aún en período de prueba en el trabajo. Y yo sé que todo el mundo tiene sus problemas, y que algunos estáis de exámenes, que es muy duro, y que otros seguís en paro y “al menos yo tengo trabajo”, y que mucha gente lo pasa mal, y hay gente que trabaja duro para poder formar una familia porque es lo que desean, y que se ven ahogados para llegar a fin de mes, y que también tiene problemas de salud, y que hay guerras, y hambre, y sufrimiento. Pero es MI sufrimiento ahora y MI dolor y MIS putas preocupaciones y siento, de verdad que lo siento, no poder ahora preocuparme de nadie más que de mí mismo, y no poder quedar cuando me gustaría, ni dedicarme a los demás, y parecer que lo mío es más importante que nada en este mundo. Pero es que lo es, y un examen de inglés puede parecer una tontería al lado de ocho exámenes finales, y una operación rutinaria no es motivo para preocuparse, y sí, por lo menos tengo trabajo, que parece que voy a tener que agradecerlo el resto de mi vida. Pero para mí es importante y lo necesito, y no hay nada que desee más que poder salir de todo esto de una vez y estar tranquilo y tener la energía suficiente y el amor que soy capaz de dar a los demás de nuevo. Llevo un año dedicándome a cuidarme, he perdido ya dieciséis kilos, me siento saludable y motivado para dar los siguientes pasos que son dejar de fumar, hacer deporte, volver a estudiar y seguir escribiendo y cojones, ser feliz a mi manera. 

    Ha habido gente y amigas y amigos que me han apoyado y no han cuestionado nada, y por ello estoy muy, muy agradecido. Y hay mucha otra gente con la que no he tenido mucho contacto últimamente y que tiene sus propios problemas y lo entiendo y no lo tengo en cuenta en absoluto; puedo necesitar, estos días, ser egoísta, pero nunca egocéntrico, y ellos pueden pensar exactamente lo mismo de mi falta de atención. Pero a los demás basta, por favor, basta de prepotencia, comentarios irónicos, presiones y salidas de tono. Ya llevo unos cuantos a mis espaldas estas semanas y si pedir apoyo es demasiado, porque haya gente que no se vea con fuerzas para querer bien a los demás, al menos un poco de comprensión. Y reaccionar y decir lo que pienso en el momento me cuesta bien poco con alguien que no me importe, pero cuando es gente a la que aprecio, antepongo el grandísimo valor que le doy a tener la suerte de poder compartir mi tiempo y lo mejor que pueda de mí mismo con ellos, que a discutir por algo que a algunos parece que haga felices, que es tratarme como si fuera un niño. Puedo ser bueno en el sentido que yo le doy a ser buena persona, pero no soy gilipollas, al contrario, soy extremadamente sensible, y hay cosas que me duelen. Que siguen doliendo. Porque mi fortaleza no es visible, y me hace parecer ser débil, pero es gracias a esa fuerza que día tras día, año tras año, sigo luchando por aprender a amar bien a los demás y a mí mismo, y es gracias a esa fuerza que salgo al mundo con la cabeza bien alta, orgulloso de quien soy y emocionado, aún, de la persona que quiero llegar a ser.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Jastagsaludmental: A caballo desbocado entre una declaración de objetivos a lo Jerry Maguire y una terapia para no pensar en el Vértigo.

Abusones.

El muro invisible